Cuando Nerea se dio la vuelta para irse, casi choca con la maestra Rodríguez.
—Señora.
La maestra Rodríguez titubeó un poco. Siempre había sido esa mujer quien recogía y dejaba a Ulises; en los formularios de inscripción, la sección de «Madre» tenía sus datos. Pero hoy, Ulises y su papá habían llegado al evento de la mano de otra mujer. Y Ulises llamaba «mamá» a esa mujer tan guapa.
Los tres parecían una familia perfecta y cariñosa, así que la maestra no estaba segura de qué estaba pasando.
Nerea ya había logrado controlar sus emociones, aunque sus ojos seguían algo enrojecidos. Soltó una risa suave.
—Le encargo mucho a Ulises, maestra Rodríguez. Por favor, cuídelo bien. De ahora en adelante, si surge algo, contacte primero a su padre.
La maestra Rodríguez ató cabos mentalmente y asintió con una sonrisa.
—Entendido, señora Vega.
Nerea asintió con cortesía y siguió caminando hacia la salida.
Viendo la figura delgada y solitaria de Nerea alejarse, y recordando sus ojos rojos, la maestra Rodríguez se acercó a Ulises.
—Ulises, mira, ¿esa persona no se parece a quien suele venir a recogerte?
¿Mamá?
¿Vino mamá?
Ulises levantó la cabeza con pánico y miró. Justo en ese momento, Nerea volteó. Ulises abrió la boca, pero al final no emitió ningún sonido y la volvió a cerrar.
Ulises temía que si gritaba «mamá», ella correría hacia él, y entonces todos sabrían que su madre no era más que una niñera que solo sabía hacer labores domésticas y no tenía talento alguno. ¡No quería que sus compañeros se burlaran de él! ¡Su mamá tenía que ser la mejor de todas!
Nerea sonrió levemente, se dio la vuelta y se marchó, como si fuera una mariposa que agita las alas y vuela lejos sin mirar atrás.
Ulises apretó sus pequeños labios.
Mamá… parecía enojada.
Pero de inmediato soltó un fuerte resoplido. Ella no había ido a recogerlo ayer, no llegó a dormir a casa, y anoche, cuando le dolió la barriga, tampoco fue a verlo. ¿Y todavía se atrevía a enojarse?
—¿Qué tanto ves? —Cristian le dio una palmada suave en la nuca a Ulises.

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