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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 125

C125-¡NO LASTIMES A MI MAMÁ!

En la oficina presidencial, el aire finalmente dejó de pesar, Angelo cerró la puerta y el estrépito del mundo exterior se extinguió. Se giró hacia Aurora y, sin decir nada, la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho como si necesitara confirmar que eran de carne y hueso y que la pesadilla había terminado, la besó.

—Bienvenida a la junta directiva—murmuró él sobre sus labios—. Señora Russo

Aurora soltó una carcajada, un sonido que le devolvió la vida a la habitación, aunque la alegría le duró poco. Se separó apenas unos centímetros y buscó los ojos de Angelo, con una sombra instalándose en sus pupilas.

—Me alegra todo esto mi amor, de verdad. Pero esto no termina aquí, ¿cierto? —preguntó, bajando la voz—. ¿Por qué hizo Logan todo esto? Algo me dice que no era solo la empresa, hay algo más personal, algo... oscuro.

Angelo asintió y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una máscara de seriedad.

—Lo sé. Hay piezas que no encajan —respondió, acariciándole el brazo para tranquilizarla—. Y lo de Jimena... me dejó helado. Pensé que su odio por ti era lo único que la mantenía en pie.

—Fue puro cálculo —sentenció ella con amargura—. Quizás... quiera ganar puntos contigo.

Mientras tanto, en la mansión Russo, el silencio era una presencia física que asfixiaba a Jimena. Caminaba por el salón principal con pasos erráticos, arrancándose las pieles de los dedos con los dientes hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca, cada segundo le devolvía la imagen de Logan en el estacionamiento, con los dedos apretando su garganta.

"Haré que ese niño tuyo desaparezca..."

Esa frase se repetía en su mente como un disco rayado.

Jimena miró hacia la planta alta, hacia el pasillo donde dormía William y su pecho se contrajo. Su hijo era lo único real que le quedaba en una vida construida sobre mentiras y conveniencias y no dejaría que lo lastimaran. También se preguntó, con una angustia que le quemaba las entrañas, por qué Logan odiaba tanto a los Russo.

Aquel rencor no era por dinero; era algo diferente, un veneno que corría por las venas de Logan y que parecía alimentarse con el deseo de destrucción del apellido Russo.

El pánico selló su decisión.

No había tiempo para maletas elegantes ni para despedidas. Subió las escaleras de dos en dos, sintiendo que el corazón le iba a estallar contra las costillas y entró en la habitación de William de un portazo.

El niño, sentado sobre su edredón y levantó la vista de su cuaderno de dibujos.

—William, cariño, tenemos que irnos —dijo ella, lanzándose sobre el armario y sacando ropa a puñados, metiéndola a presión en un bolso de colegio.

—¿Irnos? ¿A dónde, mamá? ¿Son vacaciones? —preguntó el niño, dejando el lápiz de lado.

—No, no son vacaciones. Empaca lo que más quieras, pero hazlo ya. Solo lo esencial —su voz sonaba aguda, al borde del colapso.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —William se bajó de la cama, y su labio inferior empezó a temblar al ver el estado frenético de su madre.

—¡No hay tiempo para explicaciones, William! ¡Hazlo ahora! —le gritó, y al ver la cara de terror del pequeño, se arrepintió al instante, pero el miedo no la dejaba detenerse.

Pronto bajaron las escaleras y Jimena apretaba la mano de su hijo con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos, al cruzar el vestíbulo, el niño se detuvo un segundo y tiró de su brazo.

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