C151- CENA ROMÁNTICA
La nueva casa era luminosa, moderna, diseñada meticulosamente por Aurora y Mike. El jardín se extendía generoso, con amplios espacios verdes perfectos para niños. Por eso, Angelo estaba allí con William y Angela, enseñándole pacientemente a lanzar una pelota de béisbol. Sus movimientos eran fluidos, naturales, como si hubiera sido padre toda su vida.
Mientras tanto, Aurora los observaba desde la terraza, con el corazón hinchándose de amor ante la escena.
—Así, campeón. Apunta y lanza —indicó Angelo, demostrando el movimiento con suavidad.
William frunció el ceño, concentrado. Lanzó la pelota; voló torcida, pero Angelo se lanzó con exageración teatral y la atrapó, provocando una carcajada en el niño.
—¡Así se hace! —celebró Angelo, revolviéndole el cabello al pequeño.
William rió.
Era una risa auténtica, infantil, libre. Una risa que había costado meses de terapia, paciencia y amor incondicional. Una risa que valía cada segundo de esfuerzo, aunque Aurora no dejaba de preocuparse por Alan.
Aurora se acercó y se sentó en el césped con ellos, acomodando a Angela en su regazo.
—¿Listo para el plan de esta noche? —preguntó Aurora con una sonrisa cómplice.
Angelo la miró con picardía, con ese brillo travieso en sus ojos que siempre hacía que el corazón de Aurora latiera más rápido.
—¿Qué plan? —respondió, fingiendo inocencia.
—Cena romántica. Solos tú y yo —explicó Aurora, sonriendo e inclinándose para darle un beso—. Angela y William se quedan con Mike.
Angelo arqueó una ceja, genuinamente sorprendido.
—¿Aceptó cuidarlos? —preguntó, incapaz de ocultar su asombro—. La última vez dijo que ni por todo el dinero del mundo… —se alzó de hombros—. Aunque exageró: el corte de cabello que hicieron los chicos le quedaba genial.
Aurora soltó una carcajada y lo reprendió con amor.
—Bueno, tuvo que raparse, cielo. Y sí, aceptó. No con entusiasmo, pero aceptó —respondió Aurora con ironía, recordando la expresión agria de su mejor amigo cuando se lo pidió.
Angelo rió, un sonido profundo y cálido que envolvió a Aurora como una caricia.
—Bueno, entonces tenemos una cita, señora Russo —dijo, inclinándose para robarle un beso rápido, lo bastante escandaloso como para que William y Angela hicieran muecas de disgusto.
—¡Qué asco! —exclamaron los niños, tapándose los ojos.
Angelo y Aurora rieron al unísono, compartiendo una mirada cargada de promesas para más tarde.
Esa noche, el restaurante era exactamente lo que necesitaban: exclusivo, íntimo, con velas que proyectaban sombras doradas sobre el mantel blanco. La música suave creaba un ambiente perfecto mientras Angelo y Aurora se miraban desde lados opuestos de una mesa privada, como adolescentes en su primera cita.

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