C126-NO LO IBA A LLAMAR NUNCA MÁS.
—¡No lastimes a mi mamá!
Logan lo miró. No con ira, sino con un desprecio absoluto, como si observara un insecto desagradable.
—Cállate, mocoso —escupió. Luego chasqueó los dedos.
Del auto, dos hombres fornidos bajaron y sin mediar palabra agarraron a William, que comenzó a patalear y gritar.
—¡Mamá! ¡Mamáaaa!
—¡No! ¡Por favor, Logan, no le hagas daño! ¡Es tu hijo! —gritó Jimena, arrastrándose de rodillas hacia él.
Logan la agarró del pelo, obligándola a ponerse de pie y la miró a los ojos, con un absoluto deseo de retribución.
—Vamos... perra traidora.
Los hombres arrastraron a la forcejeante Jimena y al aterrorizado William hacia los autos. Los metieron a la fuerza en el asiento trasero de uno de ellos y condujeron por un sendero estrecho y oscuro hasta el borde mismo del acantilado de Beachy Head. El viento soplaba fuerte, arrastrando el rugido del mar rompiendo contra las rocas muy abajo y el frío cortaba como cuchillos.
Logan despidió a los hombres con un gesto seco de la mano y se quedaron solos los tres.
El auto se alejó, las luces traseras desapareciendo en la noche.
Jimena, con el rostro magullado y la ropa rasgada, tiritaba de frío y miedo, mientras que William se aferraba a su pierna, paralizado, los ojos muy abiertos, respirando en jadeos cortos.
—Por favor, Logan... déjanos ir. Yo me iré, desapareceré. ¡Lo juro! —suplicó.
Logan no respondió.
En cambio con calma sacó una pistola compacta y oscura del interior de su abrigo y accionó el mecanismo de carga. Jimena vio el arma y el miedo se hizo carne viva en su pecho. Gritó, abrazando a William contra ella con tanta fuerza que el niño soltó un gemido ahogado.
—¡No! ¡Por el amor de Dios, Logan! ¡Él es tu sangre! ¡No le hagas daño! ¡Es tu hijo, tu hijo!
William, en shock, escuchaba las palabras de su madre repitiéndose en su cabeza.
"Tu hijo".
Su mente infantil hizo la conexión devastadora.
¿Ese hombre? ¿Era su papá... su papá?
Miró al hombre alto y frío que ahora los apuntaba con un arma y pensó en Alan, y en que no quería un papá como este. Quería a Alan.
Un sollozo se le escapó, pequeño y roto.
Entonces Logan habló, con voz plana, sin emoción, como si comentara el clima.
—Esta escoria no es mi sangre. Es tu error y los errores se corrigen.
—¿Corregir? —gimió Jimena, comprendiendo al fin lo imposible de la situación.


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