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Mi Marido Prestado romance Capítulo 164

Los ojos oscuros de Iker se clavaron en ella.

—¿Fabián ni siquiera aceptó eso por ti?

—Todavía no se lo he dicho.

—¿Entonces por qué sí me lo dices a mí?

Eleonor se quedó callada. Apenas en ese momento comprendió lo que había hecho: en el fondo, seguía confiando más en Iker que en los demás.

Ni siquiera pensó en las palabras antes de abrir la boca.

Frente a la expresión inalterable y distante de Iker, Eleonor apretó con fuerza las palmas de sus manos.

—Si no quieres… no pasa nada.

Lo que él no quisiera hacer, nadie podría obligarlo.

Al regresar a casa, Eleonor no apartó la mirada ni un segundo del reloj de la pared.

Cuando sus ojos ya le ardían y sentía que el desánimo la estaba por rebasar, de pronto agarró el celular y marcó el número de Álvaro.

—Tururú… tururú—

La llamada entró. Esta vez sí timbró hasta que alguien contestó.

La voz de Álvaro sonó apurada al otro lado.

—Ellie. El vuelo llegó antes de lo previsto. Al final decidimos tomar un carro por nuestra cuenta y… hubo un accidente. Natalia está bastante lastimada, vamos camino al hospital.

Eleonor entendió al instante lo que era que todo saliera mal de golpe.

Se levantó del sillón de un salto.

—¿Y usted? ¿Está bien? ¿Y Natalia? ¿Necesitan que…?

—No me pasó nada grave —lo interrumpió Álvaro, sabiendo cómo era ella—. No te estreses, ni vengas. Para cuando tengas tu visa lista, Natalia seguro ya estará en casa.

—Pero…

—Hazme caso, espera que regresemos y vienes a visitar, ¿ok?

—Está bien.

Cuando logró calmarse un poco, Eleonor supo que tampoco tenía cómo salir del país en ese momento.

—Si necesitan cualquier cosa, llámeme cuando sea —le pidió, con voz preocupada.

Todos decían que Álvaro era un mandilón, pero solo Eleonor sabía que eso era mentira. Natalia casi nunca lo controlaba, era él quien la adoraba.

En esta situación, Eleonor entendió que no podía agregar más preocupaciones, así que colgó.

Pero… ¿y Florencia?

Davi se rio, satisfecho.

—Entonces apúrate…

Antes de que terminara, Eleonor le colgó.

Ya no iba a titubear.

Tenía claro lo que haría.

—Iré a pedirle ayuda a Iker.

Sin perder más tiempo, abrió la puerta y cruzó el pasillo hacia el departamento de enfrente. Tocó el timbre.

Eran las cuatro de la mañana. Estaba preparada para que Iker no le abriera, pero apenas sonó el timbre, la puerta se abrió desde dentro.

Como si el dueño de la casa la hubiera estado esperando.

Iker llevaba una bata oscura, desaliñada. La luz del recibidor recortaba sus facciones, marcándole la quijada y dándole un aire imponente. Sus ojos, profundos y misteriosos, la miraban con calma.

No dijo nada, solo esperó a que ella hablara.

La autoridad se le notaba hasta en el silencio.

Los dedos de Eleonor temblaban apenas, casi imperceptibles. Levantó la mirada, respiró hondo y, reuniendo todo el valor que le quedaba, preguntó:

—Iker, tú por mí… ¿tienes aunque sea un poquito de interés?

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