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Mi Marido Prestado romance Capítulo 176

No pasaba nada, todavía le quedaba mucho tiempo.

Mientras él no tuviera a otra mujer a su lado, ella creía, con toda su fe, que gota a gota lograría ablandar la piedra.

...

Florencia tomó su medicina y al poco rato el sueño la venció, así que se fue directo a la habitación para descansar.

La sala se sentía vacía, silenciosa. Eleonor abrazó su tablet, pensando en irse a la cama para ver programas de concursos y pasar el rato.

Justo cuando se puso de pie, su celular vibró y la pantalla se iluminó con un mensaje de WhatsApp.

[Hermano: Ven a cenar.]

Antes, en sus contactos, Eleonor siempre había guardado a Iker como “hermano”.

Por eso, ahora que lo sacó de la lista de bloqueados, el apodo seguía igual. Ni se acordó de cambiarlo.

Eleonor miró la hora: Alejandra apenas llevaba cinco minutos adentro.

¿Para qué la quería ahí?

¿Para ser la tercera rueda o qué?

[Ya cené.]

Eso escribió Eleonor, aunque en verdad no había cenado. Florencia estaba enferma y tenía que cuidarse de no comer mariscos.

Pidió la sopa más simple, tan insípida que ni a sal llegaba.

Solo probó un poco, por no dejar.

Iker respondió de inmediato.

[¿Necesito ir yo para invitarte?]

Desde la pantalla, Eleonor casi podía escuchar su voz, tan dura y determinante como siempre.

No quería que él fuera a buscarla de verdad, así que dejó la tablet de lado y salió corriendo con el celular en la mano.

Apenas llegó a la puerta de enfrente, antes de poder tocar el timbre, le entró otro WhatsApp.

[902079, entra tú misma.]

La clave de la puerta.

Por un segundo, Eleonor se quedó en blanco.

Se preguntó, sin querer, en qué momento le habría dado ese código a Alejandra.

Tal vez solo era una más de las mujeres que sabían la contraseña de su casa.

Pero dejó de pensar en eso, respiró hondo y tecleó la clave. Entró, se quitó los zapatos y se puso sus sandalias.

En la mesa estaban servidos todos esos platillos que a ella tanto le gustaban.

En especial las costillas con taro.

Iker salió de la cocina, llevaba una pijama negra con rayas y, en una mano, dos vasos de jugo. Puso uno frente a ella.

Eleonor bajó la mirada.

¿Quién era ella, después de todo?

Solo era la amante, no tenía derecho a preguntarle nada sobre él y Alejandra.

Y ni siquiera entendía por qué le molestaba tanto.

Al sentir los pies colgando en el aire, la ansiedad le apretó el pecho. Evitó su mirada.

—Ya te dije que no es nada.

El ambiente se tensó, el silencio se volvió incómodo.

Iker apoyó ambas manos a los lados de sus piernas, rodeándola con su cuerpo.

—¿Quieres que te lleve a la cama?

La pregunta le sonó directa, sin rodeos.

Eleonor negó de inmediato.

—¿Podemos dejarlo para otro día?

Todavía no terminaba de pasarle el periodo.

Al notar cómo ella se resistía, Iker de pronto endureció la expresión, se apartó con brusquedad y, con un gesto seco hacia la puerta, le soltó:

—Entonces lárgate.

Su voz era tan cortante, como si lanzara trozos de hielo.

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