Al escuchar esas palabras, Eleonor sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Se quedó rígida, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que la mantenía erguida contra su voluntad.
Si ella y Iker fueran pareja de verdad, si de verdad existiera una relación romántica entre ellos y los demás lo hubieran notado, quizá hasta se animaría a aceptarlo abiertamente. Pero no era así. Lo que tenían era una relación prohibida, de esas que, si se hicieran públicas, provocarían que todos la miraran con desprecio. Y no despreciarían a Iker, claro que no; la despreciarían a ella.
La verían como la oportunista que, hace años, aprovechó su vínculo de “hermana” con Iker para acercarse a la familia Rodríguez, y que ahora, con tal de no dejar esa familia, hasta aceptaba ser la amante.
—¡Virginia!
Fabián la interrumpió de golpe, con la mirada dura y la voz cortante.
—¿Qué tienes en la cabeza? Ellie e Ike son hermanos.
Recordaba muy bien cómo, años atrás, Eleonor estuvo dispuesta a pelearse con Iker con tal de casarse con él. En su mente, estaba clarísimo quién importaba más. Por eso, Fabián ni siquiera consideraba la posibilidad de que hubiera algo extraño entre ellos.
Octavio y los demás también fruncieron el ceño y miraron a Fabián.
—Fabi, ¿por qué no mejor la llevas a su casa? No vaya a ser que nos arruine la noche.
Todos sabían perfectamente qué había entre Iker y Ellie. No hacía falta que una extraña, una que ni siquiera era parte de la familia, viniera a insinuar cosas y a meter cizaña.
—Sí —contestó Fabián tras revisar la hora en su celular. Todavía era temprano, así que aceptó y miró a Virginia—. Vámonos.
Eleonor se quedó sorprendida. Fabián ya no protegía a Virginia como antes. No la defendió, ni siquiera intentó suavizar la situación.
Sin esperar a que Virginia dijera nada, Fabián la tomó del brazo y la llevó directamente al elevador, rumbo al estacionamiento.
Ya en el carro, Virginia no pudo contenerse y reclamó, todavía sacudida por la vergüenza de haber sido ignorada delante de todos.
—¿Qué dije de malo? Si no me crees, fíjate bien, Eleonor y Iker usan el mismo tono de labial hoy.
Pero no era solo el labial. Había detalles que no cuadraban en el comportamiento de ambos. Eso de “hermanos” solo se lo creían ellos, ese grupo de hombres despistados. Porque, ¿qué hermana se sonroja por estar en la casa de su “hermano”?
—¡Ya basta! —Fabián explotó, harto de que siempre quisiera culpar a Eleonor. Empujó a Virginia contra el carro, apretando la mandíbula—. Querías venir, te traje. ¿Ahora sí ya puedes largarte?
—Fabián, ¿tan poco te importo ahora?
Ayer mismo, Fabián le había aventado el acta de divorcio en la cara y le anunció que ya no estaba casado con Eleonor. Pero Virginia dudaba, pensaba que quizá era una mentira más. Por eso lo siguió hoy, para asegurarse con sus propios ojos de que la relación entre Fabián y Eleonor había terminado.
Pero Fabián la detestaba tanto que ni disimulaba. Abrió la puerta del carro de un jalón y la empujó adentro. Le habló a Raúl, su chofer de confianza.
—Llévala a su casa ya.
Virginia intentó abrir la puerta, pero estaba trabada. Bajó la ventanilla y le tomó la manga de la camisa a Fabián.
—Enciérrala en la casa de las afueras. Nada de agua, nada de comida.
Virginia, con los ojos muy abiertos, apenas alcanzó a tartamudear.
—¿Qué piensas hacer?
—Tú que eres tan lista, adivina.
Fabián soltó su cuello y le dio unas palmadas en la mejilla, con un gesto que parecía cariñoso pero con un brillo siniestro en la mirada.
—Ya no tengo tiempo ni ganas de jugar contigo. Quédate en ese sótano y piénsalo bien. Si en siete días no me dices dónde está Nana, pues… muérete.
Las dos palabras finales las pronunció casi en un susurro, pero a Virginia le recorrió un escalofrío tan fuerte que casi sintió que el corazón se le detenía.
Por primera vez, sintió verdadero terror. Empezó a temblar, dándose cuenta de que ese hombre era incluso más peligroso que Iker, que tenía fama de ser despiadado.
—Si me muero, ¿no te da miedo no volver a encontrarla nunca?
—Virginia, esta es la segunda vez que te atreves a amenazarme.

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