—¿Qué significa eso? ¿Todo tu dinero de la dote se lo van a dar a tu hermano para que compre una casa?
—Ajá.
Florencia puso los ojos en blanco, tan enojada que destapó una cerveza y se la tomó de un trago para desahogarse.
—Ni lo sueñan —aventó—. Todavía dicen que, como llevo tres o cuatro años trabajando y encima de abogada, seguro ya tengo un buen guardadito. Que es mi deber ayudarle a mi hermano a comprar su casa.
Eleonor se relamió los labios y le dio un par de golpecitos suaves en la cabeza.
—Mira, Flor, ni tu dinero ni tú misma van a ir a ningún lado si tú no quieres. Nadie puede obligarte a ceder nada.
Más allá de eso, Eleonor no supo qué más decirle. Podrán ser injustos, pero al final siguen siendo la familia de Florencia, personas que comparten su sangre. Romper lazos así de fácil no es cualquier cosa.
Florencia la miró con carita de angustia, muy distinta a su actitud firme y decidida de siempre.
—¿Y si de todas formas me obligan?
Eleonor no pudo evitar sonreír y le pasó el brazo por los hombros.
—Para eso estoy yo. No te preocupes, yo te protejo.
Al fin y al cabo, tenía suficiente dinero como para contratarle a Florencia hasta diez guaruras si hacía falta.
...
Al día siguiente, Eleonor y Florencia se levantaron temprano para pegar adornos de Año Nuevo y recortes en las ventanas. Sacaron una parte de las bolitas de masa que Natalia Osorio y Susana Castillo habían traído y las pusieron a freír de nuevo.
La casa ya se impregnaba del ambiente festivo cuando, de pronto, sonó el timbre.
Florencia fue corriendo a abrir y, al cabo de un ratito, regresó a la cocina y le dio unos golpecitos a Eleonor en el hombro.
—Vino tu ex. Te está esperando.
Eleonor arrugó el ceño.
—¿Me ayudas a cuidar las bolitas en la olla?
Le pasó la cuchara a Florencia y salió.


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