Así fue con la joven ingenua que ella era, y así seguía siendo ahora.
Por eso, en su momento, sí que llegó a considerarlo la mejor opción que tenía.
Pero fue solo un instante de confusión. Eleonor volvió en sí y lo interrumpió de forma instintiva.
—¿Qué era lo que querías decirme?
Si se trataba de esas cosas, ella era médico y sabía cuidarse.
Además, en el Chalet El Roble Dorado la cuidaban de maravilla.
Mientras hablaba, la joven dio medio paso hacia atrás, y tanto su tono como su lenguaje corporal denotaban distancia.
A Fabián se le hizo un nudo en la garganta.
—Lo que dijo mi madre el otro día en la mansión, no te lo tomes en serio. No me voy a casar con Virginia. Ellie, ahora mismo solo quiero…
Eleonor intuyó lo que estaba a punto de decir y, acariciándose el vientre, lo interrumpió antes de que pudiera terminar.
—Fabi, ahora mismo soy muy feliz.
Todo iba bien.
El bebé crecía sano en su vientre, su relación con Iker era excelente y todas las preocupaciones que tenía habían desaparecido.
No estaba dispuesta a que nada ni nadie alterara esa situación.
Fabián nunca había visto esa expresión en su rostro: una mezcla de suavidad, paz y serenidad que, sin embargo, no le pertenecía a él.
Le pertenecía a Iker.
Esa expresión solo aparecía en su rostro por Iker.
Fabián sintió como si una cuchilla le atravesara el corazón. Le dolió tanto que sus labios palidecieron.
—Me… me alegro de que seas feliz. De todos modos, quiero pedirte perdón en nombre de mi madre por lo que pasó el otro día.
—No importa —respondió Eleonor con franqueza.
De verdad sentía que no importaba. Al fin y al cabo, lo más probable era que no volviera a tener ningún tipo de relación con Renata.
Al ver que no tenía nada más que decir, Eleonor señaló hacia el interior de la casa.
—Entonces, voy entrando.
Parecía que hoy la temperatura había vuelto a bajar.
Hacía más frío.
—¿No te hizo nada?
—No. —Eleonor se puso las pantuflas y, mientras se dirigía al salón, negó con la cabeza—. Solo se estaba disculpando por lo que pasó el otro día en la mansión de los Valdés.
Al oír eso, Natalia frunció el ceño.
—¿Qué te hicieron los Valdés?
—Nada —sonrió Eleonor, abrazando el brazo de Natalia y sentándose en el sofá—. Fue una tontería.
Iker ya la había defendido en el momento, así que ella no le había dado la menor importancia.
Miró por el ventanal hacia afuera.
—¿Fabián vino a verlos a usted y al profesor?
—Ha venido varias veces ya —dijo Natalia, también algo agobiada por el tema—. Es muy terco. Viene cada dos por tres, diciendo que cuando estuvieron casados no nos trató bien y que ahora quiere compensarlo.
—Las dos primeras veces no lo dejamos entrar y se quedaba afuera, sin moverse. Ni Álvaro ni yo somos de piedra, así que estas últimas veces lo hemos dejado pasar a sentarse un rato.
—Y cada vez que viene, trae un montón de cosas… —dijo Natalia, señalando un rincón del salón.
—¿Y de qué sirve ahora? Ya están divorciados. —Florencia no pudo evitar mostrarse escéptica—. ¿No estará tramando algo?

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