Florencia no entendía nada. Cualquiera que los oyera pensaría que Eleonor era su hermana.
Un segundo después, escuchó a Rufino decir:
—Menos mal. En cuanto encontremos a Zoe, serán ellas las que tengan que aguantar a los demás.
Florencia, que escuchaba la conversación sin disimulo, se quedó aún más confundida. ¿Acaso Virginia no era la señorita Estrada que tanto habían buscado? Con una cuñada así, no solo la familia Estrada se opondría a que ella entrara en la familia, sino que a ella tampoco le haría ninguna gracia. Los dramas después de la boda serían interminables.
Benicio, como si no hubiera nadie más en el carro, continuó la conversación con un tono suplicante:
—Pues más les vale encontrarla rápido, no vaya a ser que, usando esa identidad, me arruine la reputación.
Al oír esto, Florencia lo entendió todo. ¿Así que Virginia era una impostora? No había nada que esa mujer no se atreviera a hacer. Aprovecharse de la desesperación de la familia Estrada por encontrar a su hija para suplantarla… ¡Era para que le partiera un rayo!
—Ni me lo digas —respondió Rufino desde el otro lado.
Virginia no solo estaba arruinando la reputación de Benicio. Los socios de Rufino también cuchicheaban sobre el tema a sus espaldas. Por suerte, como él era un hombre de pocas palabras, nadie se había atrevido a burlarse en su cara.
Suspiró.
Ojalá Eleonor fuera Zoe. Podría presumirla por todas partes. «Miren, esta es mi hermana».
Colgó el teléfono y miró a Simona, que estaba revisando unos documentos en el estudio.
—Oye, hermana, ¿crees que podríamos pedirle a Ellie que se haga una prueba de ADN?
—¿Y luego qué? —Simona no se mostró indiferente. Dejó de trabajar y lo miró—. Si resulta que sí es, maravilloso para todos. Pero si no, ¿cómo vamos a tratarla después? Con lo de Virginia, esa chica ya se ha distanciado un poco de nosotros.
En el fondo, Simona ya sentía un cariño casi fraternal por Eleonor, y precisamente por eso, no se atrevía a pedirle una prueba de ADN. Si el resultado era negativo, con lo sensible que era Eleonor, probablemente se sentiría aún más incómoda en la casa de los Estrada.
Rufino lo pensó mejor y admitió que había sido impulsivo. Sin embargo, algunas cosas no necesitaban ser tan directas.
Simona, adivinando sus intenciones, no intentó detenerlo, solo le advirtió:
—Ella también es doctora y es más perceptiva que otros en estos asuntos. No seas tan obvio.
***
Mientras tanto, la camioneta Mercedes negra entró en el estacionamiento subterráneo de Jardines de Esmeralda y se estacionó de reversa con una maniobra perfecta.
Solo entonces Benicio miró a la mujer que claramente estaba llena de preguntas.
—¿Qué quieres saber?
Florencia, sin importarle si debía o no, soltó la pregunta de golpe:
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