Amelia frunció los labios.
—Si no estás de acuerdo, olvídalo.
—¿Acaso se trata de si estoy de acuerdo o no?
A Rufino le pareció ridículo.
A ese muchacho, Iker, poco le faltaba para que los ojos se le fueran detrás de Eleonor.
Era imposible que se casara con otra.
Además, muy pronto, Amelia no tendría nada que ver con la familia Estrada.
Ya no digamos Iker, ni siquiera la matriarca de la familia Rodríguez aceptaría ese matrimonio.
Tras quitarse de encima a Amelia, Rufino recibió una llamada de Simona.
Simona ya iba de regreso a Frescura, pero su voz denotaba una emoción contenida.
—Rufino, ¿Ellie sigue en casa?
Rufino no entendía, pero respondió a su pregunta.
—No, se fue hace media hora.
Durante un buen rato, no se escuchó nada del otro lado de la línea.
Rufino no pudo evitar preguntar:
—¿Pasó algo? ¿Descubriste algo cuando fuiste a la casa familiar?
Hizo una pausa y añadió:
—Por cierto, ya mandé a hacer una prueba de ADN de mamá y Ellie. Los resultados estarán la próxima semana.
Para no correr riesgos, tuvo que enviarla al extranjero.
Eso retrasaría un poco las cosas.
Al oír esto, Simona por fin reaccionó. Reprimiendo la respuesta que pugnaba por salir, dijo:
—Qué bueno.
Por mucho que sospechara, no dejaban de ser solo eso, sospechas.
Todo dependía del resultado de la prueba de ADN.
Pero no importaba.
Había buscado a Zoe por todos los medios durante tantos años que unos cuantos días más no harían diferencia.
Luego, respondió a la pregunta de Rufino:
—Sí, descubrí algunas cosas. Esta vez, Amelia no se va a escapar.
Su ingenuo padre no sería capaz de seguir protegiendo a Amelia con las pruebas en la mano.
Rufino asintió. Notando el cansancio en la voz de Simona, le preguntó con preocupación:
—¿Fue bien hoy lo del divorcio?
Simona miró por la ventanilla el paisaje que pasaba a toda velocidad en la autopista y dijo en voz baja:
—Eso no es importante.
***
Después de dejar el Chalet La Brisa Marina, Eleonor condujo directamente de regreso al Chalet El Roble Dorado.
Curvó los labios y negó con la cabeza.
—Este lugar me encanta.
Le gustó desde la primera vez que vino.
Le gustaba que fuera un lugar que llevaba la huella de su vida.
Iker ya había cenado, así que, después de saludar a Susana, subieron juntos a la habitación.
Eleonor salió del baño y se sentó frente al tocador para su rutina de cuidado facial. Iker se paró detrás de ella y le secó el pelo con una destreza que ya era costumbre.
Eleonor, ya habituada, siguió con lo suyo.
Por un momento revisó su celular, y al siguiente abrió un cajón para rebuscar entre sus cosas.
Mientras sostenía el colgante de la paz en la mano, acariciándolo suavemente, la mano de Iker, que se movía entre su cabello, se detuvo de repente.
Ella levantó la vista, confundida, y vio que la expresión de Iker se había tornado seria.
—¿De dónde sacaste esto?
—Lo he tenido desde que era niña, pero apenas lo encontré el año pasado —dijo Eleonor sin ocultarle nada.
En cuanto a lo demás, todavía no lo tenía claro.
No sabía si el colgante se lo habían dado sus padres adoptivos o si era algo que sus padres biológicos le habían dejado…
Iker asintió, pensativo, y después de secarle el pelo por completo, le preguntó:
—¿Me dejas verlo?
Eleonor no dijo nada, simplemente se lo entregó con generosidad.

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