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Mi Marido Prestado romance Capítulo 570

El material y la calidad del colgante que tenía en la mano eran de lo más común.

Sin embargo, al examinarlo, la expresión de Iker se tornó algo compleja. Bajó la vista hacia la chica que lo miraba con expectación.

—¿Qué pasa? —preguntó Eleonor, desconcertada.

Iker jugueteó con el tibio colgante y, en lugar de responder, preguntó:

—¿Por qué nunca te lo había visto puesto?

Eleonor frunció los labios.

—Me da miedo volver a perderlo, por eso no me atrevo a usarlo.

Ya fuera un regalo de sus padres adoptivos o de los biológicos, era lo único que demostraba que alguna vez había sido amada por su familia.

Por eso, siempre lo había atesorado como si fuera oro.

Iker percibió la tristeza en su mirada y sintió una punzada en el corazón. Sin importarle lo que ella pensara, desató el nudo y, pasando las manos por detrás de su cuello, le puso el colgante.

—Úsalo, se te ve muy bien.

Detuvo el gesto que ella hizo para quitárselo.

—No te preocupes, no lo volverás a perder. Y si se pierde, yo te lo encontraré.

—¿De verdad?

—Claro, ¿quién crees que soy? —Iker enarcó una ceja con suficiencia.

Eleonor se sintió más tranquila y ya no intentó quitárselo. Le sonrió y le guiñó un ojo.

—Bueno, confiaré en ti esta vez.

El colgante de la paz era un adorno de jade muy común, pero Iker se había quedado bastante preocupado después de verlo. Cuando Eleonor le preguntaba, él solo decía que no era nada.

Al día siguiente, Eleonor no tenía que ir a dar consulta a la clínica. Cuando despertó, el lado de la cama a su lado ya estaba vacío.

Se arregló y bajó. Susana la recibió con una sonrisa.

—Iker se fue temprano hoy, espero que no te haya despertado.

—No —respondió Eleonor, tocándose la nariz, algo avergonzada—. ¿Se fue a la empresa?

—Supongo que sí. Este muchacho nunca me dice nada de lo que hace —dijo Susana con un tono de falso regaño, pero lleno de cariño.

Desde que se enteró de que Susana era la abuela biológica de Iker, Eleonor se había alegrado mucho por él.

Tener un familiar que lo quisiera de verdad era algo invaluable.

En cuanto al resto de la familia Rodríguez, seguramente se la pasaban día y noche deseando que cometiera un error para derribarlo de su pedestal.

Por otro lado, Benicio acababa de llegar a los Jardines de Esmeralda después de su turno de noche. Apenas había salido de la ducha cuando el timbre sonó sin parar.

—¿Quién es? —gruñó, rascándose la cabeza con fastidio. Se arrastró en pantuflas hasta la puerta y, al ver al hombre que estaba afuera, espetó con mal humor—: ¿Por fin te acordaste de que existo?

Un ingrato que se olvidaba de los amigos por una mujer.

Desde que se había llevado a Eleonor al Chalet El Roble Dorado, no había manera de que aceptara salir con él.

La expresión de Iker era un tanto forzada. Por una vez, no le respondió con sarcasmo. En su lugar, levantó la bolsa que traía en la mano.

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