A altas horas de la noche, Iker notó que la respiración de Eleonor a su lado por fin se volvía uniforme, y soltó un suspiro de alivio en silencio.
Esperó un poco más, hasta que ella estuvo profundamente dormida, para levantar las sábanas y bajarse de la cama con mucho cuidado.
De vuelta en el despacho, Iker se quedó de pie en el balcón durante un largo rato, sacó su celular y llamó a César.
—¿Fabián ha tenido contacto con alguien recientemente?
Su intuición le decía que este asunto tenía una relación ineludible con Fabián.
Pero, según lo que conocía de él, aunque Fabián era un poco hipócrita, no llegaba a ser un criminal desalmado.
Envenenar a alguien no era el estilo de Fabián.
Las familias Rodríguez y Valdés habían sido rivales igualados años atrás. Ahora, aunque los Rodríguez superaban a los Valdés, ambas familias estaban acostumbradas a vigilar los movimientos de la otra.
Por eso, César respondió rápido:
—No, solo con los socios comerciales habituales.
—¿Seguro?
Iker frunció el ceño, incapaz de sacudirse la sospecha.
—Pon a alguien a vigilar sus movimientos.
***
Chalet La Brisa Marina.
Hoy era el día en que Eleonor debía ir a tratar a Yolanda Vázquez, pero temprano por la mañana, Eleonor llamó para cancelar.
Yolanda comprendió perfectamente cuando le dijo que Natalia había tenido un accidente, y solo le insistió en que se cuidara mucho.
Sin embargo, al colgar, Yolanda se sintió un poco decepcionada.
Había pensado invitar a Eleonor a comer otra vez, e incluso le había encargado a la cocina que prepararan los platillos favoritos de la joven.
Simona Estrada bajó las escaleras y, al ver a su madre con el alma por los suelos, se acercó a preguntar:
—¿Qué pasa? ¿Ellie no va a venir hoy?
La noche anterior, Benicio Estrada le había comentado que Natalia había sido envenenada.
No podía asustar a la hermana que tanto había esperado.
Tenía que ser prudente, muy cuidadosa.
Quería que la hermana que había buscado durante años regresara a la familia Estrada de manera legítima y por todo lo alto.
Yolanda estaba a punto de asentir cuando una empleada entró apresuradamente desde el jardín.
—Señora, señorita, ha llegado alguien de la familia Valdés.
Simona dejó el vaso.
—¿Quién?
—La madre del señor Valdés, Renata.
Yolanda y Simona fruncieron el ceño casi al mismo tiempo.
La familia Estrada y la familia Valdés tenían muy poco trato, salvo coincidir en algunos banquetes.

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