Su prometido.
Esas dos palabras salieron de sus labios con tal naturalidad que parecía que llevaban años juntos.
Al escucharlo, Iker sintió un cosquilleo en el corazón, como si una pluma invisible le acariciara el pecho.
Una picazón deliciosa. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba sin que pudiera evitarlo.
El mayordomo, aunque no notó ninguna anomalía en el ambiente, intuyó que el hombre junto a la doctora Muñoz irradiaba un aura de poder indomable. Definitivamente no era alguien a quien pudiera ofender.
—Por supuesto, por supuesto.
El mayordomo hizo un gesto de cortesía y los guio por las escaleras.
Al entrar a la habitación y ver al hombre recostado en la cama, Eleonor frunció el ceño por instinto.
La palidez de su rostro era peor que la del día anterior.
Oliver no mentía, su enfermedad se había agravado considerablemente.
El mayordomo pensó que Oliver estaba dormido y habló en voz baja:
—Señor, la doctora Muñoz está aquí.
Oliver abrió los ojos lentamente. Miró a Eleonor sin apenas energía y, mientras hacía un esfuerzo por incorporarse, reprendió al mayordomo:
—Si la doctora llegó, ¿por qué no subiste a avisarme para que yo bajara?
Eleonor se acercó rápidamente y lo detuvo por los hombros.
—Quédese recostado. No queremos que los síntomas empeoren.
—Siento mucho las molestias, doctora.
Tras decir esto, la mirada de Oliver se posó en la imponente figura a su lado. Sus ojos se abrieron con asombro.
—¡Señor Rodríguez! ¡Señor Rodríguez!... ¿Usted también vino? ¡Qué vergüenza no haberlo recibido como se merece!
Iker mantuvo un rostro imperturbable, pero fingió sorpresa.
—¿Usted me conoce?
—Por supuesto que sí —asintió Oliver, con un tono rebosante de admiración—. Un hombre tan joven sosteniendo tanto poder en Frescura... ¿quién no lo reconocería?
Iker lo miró con calma, respondiendo con indiferencia:
—Es usted muy amable.

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