Simona mantuvo la expresión inalterable.
—Que digan lo que quieran, abuela. No vale la pena darles importancia.
—A mí no me importa lo que hablen por hablar —suspiró Violeta—, me preocupa que la gente se lo crea y eso te espante a los buenos pretendientes.
—Abuela, en este momento el romance es lo último en mi lista.
El tono de Simona era sereno.
—Estar soltera me viene de maravilla.
Violeta la observó con detenimiento, decidió no presionar más y volvió a acariciarle la mano.
—Está bien, mi niña. Tú sabes lo que haces.
Después de ducharse, Simona se puso una bata de seda.
La pantalla de su celular se iluminó sobre la mesa de noche. Era un mensaje de Amanda.
*Señorita Simona, ya envié los artículos a la residencia Fonseca. El mismo don Arturo Fonseca los recibió en persona. Me pidió que le diera un mensaje... dice que cuando tenga tiempo, le encantaría invitarla a cenar.*
Por supuesto, Simona no iba a ir en persona a devolver las pertenencias de Cristhian, para eso tenía a su asistente.
Simona respondió con una sola palabra: *Entendido.*
Justo cuando iba a dejar el teléfono, apareció la notificación de un número desconocido.
*Señorita Estrada, soy Claudio Silva. Me enteré de que está en Aguamar. Lamento muchísimo lo que ocurrió en nuestra cena. Me encantaría invitarla a tomar un café como disculpa, cuando su agenda se lo permita.*
Simona levantó una ceja al leer el mensaje.
Claudio Silva era, sin duda, un hombre muy astuto. No la había agobiado con mensajes desde su desastroso encuentro, y esperó el momento exacto, justo cuando ella regresó a la ciudad, para aparecer.
Sus palabras eran educadas, sin sonar desesperadas ni con segundas intenciones.
No le respondió de inmediato. Dejó el teléfono, apagó la luz y se metió en la cama.
Al día siguiente, un sol radiante iluminó Aguamar, algo inusual para la época.
Simona pasó toda la mañana afinando detalles con la fundación y la tarde entera en reuniones hasta pasadas las cinco.
Salió de la sala de juntas organizando mentalmente sus apuntes cuando sonó su teléfono. Era Amanda.
—Señorita Simona.
La voz de su asistente sonaba algo alterada.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado