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Mi Marido Prestado romance Capítulo 776

Benicio miró su celular.

—¿Su jefe se apellida López? Es calvo, salió de prisión hace un par de años, tiene a una docena de tipos trabajando para él y se ganan la vida haciendo préstamos y cobros.

Lo dijo con total naturalidad, pero el rostro del hombre de la chaqueta de cuero empezó a perder el color poco a poco.

—Cómo es que sabes...

—Sé mucho más que eso.

Benicio levantó la mirada hacia él.

—A su jefe le dieron una buena lección el mes pasado y ya dejó claro que no se metería más en los negocios de Frescura. Pero tú, en cambio, pareces estar ansioso por buscarte problemas.

El hombre tragó saliva. Se quedó mirando a Benicio durante varios segundos antes de preguntar con cautela.

—¿Acaso... eres de la familia Estrada?

Benicio no lo admitió ni lo negó. Simplemente agitó el celular con indiferencia y dijo en voz baja.

—¿Quieres que llame a tu jefe ahora mismo para que venga él en persona a recogerlos?

El cobrador guardó silencio. Una fina capa de sudor frío le cubrió la frente.

Si algo lo había mantenido con vida en ese negocio, era su capacidad para leer a la gente.

El nombre del señor Benicio quizás no era tema de conversación diario entre los empresarios comunes de Frescura, pero en el bajo mundo de la ciudad, resonaba como un trueno.

—Hoy no medí bien la situación, fue un malentendido.

El hombre guardó la navaja en su bolsillo, hizo un leve gesto de respeto con las manos y forzó una sonrisa nerviosa.

—Señor Benicio, lamento la interrupción. Ya nos vamos.

Se dio la vuelta y les hizo una seña a sus dos acompañantes. Los tres caminaron hacia la puerta con la cabeza gacha.

Al pasar junto a Benito, el hombre de la chaqueta de cuero se detuvo, lo miró de reojo y le soltó una advertencia con frialdad.

—¡Muchacho, tienes una suerte increíble de contar con un cuñado tan importante! Pero si vuelves a pisar nuestro territorio, te juro que no seremos tan amables.

Dicho esto, salió de la casa sin mirar atrás.

El ruido de sus pasos apresurados resonó por el pasillo hasta desaparecer por completo.

La sala quedó sumida en el silencio.

Solo se escuchaba el leve zumbido eléctrico de la bombilla. Benito seguía arrodillado en el suelo, Andrés estaba de pie como si estuviera petrificado y las lágrimas seguían mojando el rostro de Nina.

Florencia se quedó quieta en su lugar, mirando las puntas de sus zapatos. Pasó un buen rato hasta que finalmente alzó la cabeza para mirar a Benicio.

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