Benicio y Florencia salieron del patio guiándose apenas por la poca luz que se filtraba desde el interior de la casa. De pronto, ella se detuvo y lo llamó.
—Benicio.
Él se dio la vuelta.
—¿Sí?
—Gracias por lo de hoy.
—No tienes nada que agradecer.
—No lo digo por cortesía.
Florencia habló con expresión muy seria.
—Lo digo de verdad.
El viento helado de pleno invierno aulló por el callejón, dándole al ambiente un toque de desolación.
—Vamos al auto primero —dijo Benicio tras unos segundos de silencio.
Salieron del callejón y se subieron a la camioneta negra que estaba estacionada más adelante.
Florencia miró la hora en su celular.
Sabía muy bien que él debía haber llegado directo desde el aeropuerto. Una inexplicable amargura comenzó a extenderse por su pecho.
Benicio encendió la calefacción del auto. Esperó a que la temperatura interior subiera un poco antes de girar el rostro hacia ella.
—Pondré a alguien a vigilar, no dejaré que vuelvan a molestarte.
—No hace falta.
Florencia suspiró.
—Yo puedo encargarme.
—Sé que puedes hacerlo.
Benicio no le llevó la contraria.
—Pero yo puedo solucionarlo mucho más rápido.
—Beni...
Ella bajó la mirada, con la voz cargada de un tono áspero.
—No tienes que portarte tan bien conmigo.
Sentía que ya había pasado la edad de creer en cuentos de hadas.
Incluso si la familia de él estuviera de acuerdo, ella no se atrevería a dejarse llevar sin pensar en las consecuencias.
La familia Estrada y el propio Benicio podían ignorar de dónde venía ella, pero ¿cómo iba a ignorarlo ella misma?
Situaciones como la de hoy se repetirían muchas veces en el futuro.
Los Estrada podrían tolerarlo una o dos veces, pero ¿y si se convertía en una constante?
Para entonces, todo volvería a ser como antes. Y ella no quería que se repitiera la misma historia del pasado.
—Entonces tendré que pedirte el favor de que firmes los papeles de ese proyecto en San Boreal por mí —dijo Benicio.
—¿Y eso por qué? —preguntó Simona.
—Hubo un problema con la familia de Florencia, así que tuve que regresar antes de tiempo.
Benicio fue directo.
—Me preocupa que intenten hacer algo más, así que me quedaré en Frescura unos días.
Simona guardó silencio durante unos segundos.
—Está bien. Pasado mañana viajo a San Boreal y aprovecho para firmar eso por ti.
—Te lo agradezco mucho, hermana —respondió él.
—Solo pásame el número de la persona de contacto —pidió Simona.
—Es Cristhian Fonseca quien está a cargo de este proyecto. Cuando llegues, él te va a recibir.
Hubo un breve silencio en la línea antes de que Simona volviera a hablar.
—Entendido.
Benicio miró la pantalla oscurecida de su celular y levantó una ceja con gesto pensativo. Sin darle más vueltas al asunto, arrancó el auto y salió de Jardines de Esmeralda.
Por otro lado, sentada frente a su escritorio, a Simona se le resbaló el dedo y entró al chat de Cristhian.
Se quedó inmóvil por un segundo, su mirada se posó en la foto de un plato de sopa que él le había mandado. De inmediato bloqueó la pantalla y agachó la cabeza para seguir trabajando.

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