Mi hijo estaba tendido sobre aquella fría cama de hospital. Su salud se deterioraba cada vez más. Al no haber recibido el trasplante, su corazón se debilitaba poco a poco, y yo solo podía observar cómo la vida se le escapaba entre las manos. Me sentía completamente impotente, vacía… incapaz de hacer algo para salvarle la vida al ser más importante para mí.
Recordaba con rabia las palabras del doctor Lancaster y la manera en la que desvió la mirada para no tener que enfrentarme.
—Lo sentimos, señora Harper, pero el corazón que estaba destinado para su hijo ha sido redirigido a alguien con condiciones de salud más delicadas.
—¿¡Pero qué demonios está diciendo!? —le grité—. ¿Qué condición puede ser más delicada que la de mi hijo? ¿No se da cuenta de que mi niño se muere? ¡Se muere, maldita sea! ¿Cómo pudieron hacer algo así?
Sabía que mi esposo estaba detrás de esto. Por la manera en la que el doctor me miró, lo supe. Alan lo sabía. Él era uno de los hombres más poderosos del país. Nada escapaba a su conocimiento.
—Dígame… ¿a quién fue donado ese corazón? Es lo menos que puede hacer por mí. Necesito que me diga la verdad.
—Por políticas del hospital no puedo revelarle esa información. Los códigos nos lo prohíben —respondió, mintiendo descaradamente.
Pero no necesitaba que me lo dijera. Bastó con ver cómo sus ojos se desviaban, involuntarios, hacia la suite VIP. Ahí solo recluían a personas de las más altas esferas. Algo se encendió dentro de mí. Un impulso. La rabia, el dolor, la desesperación… todo me arrastró como una corriente salvaje. Corrí hacia allá, ignorando las advertencias del personal y los gritos de los guardias de seguridad que venían tras de mí.
Abrí la puerta de golpe… y me quedé helada.
Frente a mí, una mujer acariciaba el cabello de una pequeña niña que dormía plácidamente. No necesitaba verla de frente. Bastó con escuchar su voz para reconocerla.
—Muchas gracias por lo que hiciste por nosotras, Alan. Eres tan bueno… A pesar de que tu hijo sufre la misma condición que mi pequeña, decidiste redirigir la donación para que ella pudiera tener un nuevo corazón. No sé cómo podría agradecerte —decía Karoline Whitmore mientras hablaba por teléfono.
Sentí que la rabia me invadía como fuego bajo la piel. Ese desgraciado… había preferido darle el corazón, por el que habíamos esperado tanto, a la hija de su exnovia. No le importó que nuestro hijo —su propio hijo, su sangre— pudiera morir sin ser intervenido.
Retrocedí antes de ser vista. No tenía sentido perder ni un segundo con esa arpía. Seguro estaba disfrutando del sufrimiento que mi hijo y yo estábamos viviendo por su culpa.
Tomé el celular con las manos temblorosas y marqué el número de Alan. Iba a decirle hasta de lo que se iba a morir. Iba a obligarlo a mover sus influencias, a buscar a como diera lugar otro corazón para mi hijo.
Pero el teléfono solo sonaba. Hasta que, finalmente, su asistente se dignó a responder.
—Señora Harper, el señor Harris en este momento no puede atenderla.
—¡Es urgente! ¡Necesito que me conteste el maldito teléfono!
—Lamento no poder ayudarla, pero él se encuentra muy ocupado ahora… Lo siento mucho —dijo, intentando sonar amable.



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