Pasé buena parte de la tarde preparándome junto a Mel. Ella estaba más emocionada que yo, supervisando cada detalle, desde el vestido hasta el peinado, como si se tratara de su propia fiesta. Yo trataba de mantener la calma, pero sabía que esta noche sería decisiva en muchos sentidos.
—No puedes negar que estás nerviosa —me dijo, mientras me acomodaba un mechón suelto—. Pero créeme, después de esta noche nadie podrá volver a menospreciarte.
—Eso espero, Mel —respondí con una sonrisa ligera—. Esta vez tengo que estar a la altura.
Ella me observó de arriba abajo y sonrió con orgullo.
—Aurora Harper… te juro que Alexander King no sabrá qué hacer cuando te vea bajar esas escaleras.
Y tenía razón. Cuando descendí, Alexander me esperaba con ese porte imponente que nunca perdía. Su mirada me recorrió con una mezcla de sorpresa y admiración que lo traicionó por completo.
—Estás impresionante —dijo con voz baja, casi como un secreto.
Acepté su brazo y juntos nos dirigimos al elegante coche que nos llevaría a la residencia de los Richmond. Durante el trayecto, el silencio estaba cargado de una energía extraña, una especie de corriente eléctrica que me mantenía alerta.
—La gente no podrá dejar de mirarte esta noche —añadió, con una seguridad que me desconcertó.
—No exageres, Alexander. Seguramente habrá mujeres más hermosas que yo.
Él negó con suavidad.
—Lo dudo mucho. Y gracias por aceptar acompañarme, es más importante de lo que imaginas.
—No tienes que agradecerme. Si voy a ser tu esposa, estos eventos serán parte de mis responsabilidades.
—Aurora —dijo con firmeza—, nunca estarás obligada a nada. Te lo repito: siempre respetaré lo que decidas.
Sus palabras me conmovieron más de lo que quise mostrar. Bajé la mirada, intentando ocultar mi turbación.
—Está bien. Y dime… ¿habrá algo que deba saber? ¿Quién más asistirá?
—Es muy posible que Alan esté ahí —respondió con frialdad—. Es el otro interesado en la compra de la empresa de los Richmond. Pero no te preocupes, mientras estés conmigo, ese imbécil no podrá acercarse a ti.
Un escalofrío me recorrió. Por un lado, los nervios se agolpaban en mi pecho; por otro, sentía una satisfacción que me impulsaba a continuar. La venganza estaba en marcha.
Al llegar a la residencia, la fachada iluminada y elegante ya anunciaba la magnitud del evento. Entramos juntos al gran salón, y de inmediato todas las miradas se dirigieron hacia nosotros. Alexander King siempre atraía la atención, pero que lo hiciera acompañado de una mujer lo convertía en el centro absoluto de todas las conversaciones.
Los anfitriones se acercaron enseguida.
—Alexander, querido —saludó el señor Richmond, estrechándole la mano—. Qué placer tenerte con nosotros.
—El honor es mío —respondió con la sobriedad que lo caracterizaba—. Permítanme presentarles a mi prometida, la señorita Aurora Harper.
La señora Richmond me miró con calidez, aunque percibí cierta curiosidad detrás de su sonrisa.
—Encantada de conocerte, querida. Déjame decirte que estás radiante esta noche.
Margaret sonrió con dulzura, como quien guarda un secreto.
—Nueva o no, querida, tienes algo que él necesitaba desde hace tiempo: compañía. Eso vale más que cualquier fusión o acuerdo comercial.
Me apretó la mano con una complicidad inesperada y enseguida alguien la llamó desde la otra orilla del salón.
—Debo atender a unos invitados, pero por favor, si necesitas algo, siéntete como en casa.
—Gracias, Margaret, lo haré.
Me quedé sola entre murmullos y miradas que me examinaban con descaro. El ambiente estaba cargado de perfumes intensos, risas estudiadas y copas de cristal que tintineaban sin descanso. Sentí la necesidad de tomar un respiro, así que avancé hacia una mesa donde un camarero ofrecía champagne. Tomé una copa y me giré para observar el lugar con calma.
Fue entonces cuando la atmósfera cambió por completo.
La puerta principal volvió a abrirse y una pareja entró tomada del brazo. Ella sonreía con esa seguridad que siempre había usado como máscara; él la acompañaba con un aire de suficiencia que conocía demasiado bien. El murmullo del salón se hizo más denso, como si todos reconocieran la fuerza de esa aparición.
Mis ojos se encontraron con los de Alan. El tiempo pareció detenerse. Su mirada me recorrió con un atrevimiento que me hizo arder de rabia y, al mismo tiempo, con un desconcierto que no supe interpretar. A su lado, Karoline también me vio. Su sonrisa altiva se tensó apenas un instante antes de transformarse en un gesto de triunfo.
Yo me mantuve erguida, la copa firme entre mis dedos. No permitiría que ninguno de los dos viera el temblor que me atravesaba por dentro. Aquello no era casualidad. Estábamos destinados a enfrentarnos tarde o temprano, y esta era la primera vez que los tres compartíamos el mismo escenario.
La tensión podía sentirse a metros de distancia, invisible pero letal, como una cuerda a punto de romperse.

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