Félix se escondió instintivamente detrás de Eloísa.
—A ver, atrévete a pegarle otra vez —le gritó Eloísa—. ¡Qué falta de respeto!
Nanette ni se inmutó.
—Ya le pegué, ¿y qué? ¿Me la vas a devolver?
—¡Si te atreves a tocar a Félix otra vez, claro que te voy a pegar! —amenazó Eloísa.
Nanette soltó una risa fría.
—Inténtalo.
Al ver el sarcasmo y la falta de miedo en su rostro, Eloísa de pronto perdió seguridad.
—¡Qué te hizo tu hermano para que le pegues así, sin medir tu fuerza! ¡Si no me explicas ahorita mismo, esto no se va a quedar así!
Nanette señaló a Félix con el plumero.
—¡Diles tú!
Félix ya se imaginaba por qué le habían acomodado esa tranquiza.
En ese momento, no se le veía ni una gota de coraje; al contrario, soltó una sonrisa cínica.
—Ay, hermanita… todo lo que hice fue por ti. ¿A poco no te diste cuenta?
—¡Nadie te pidió que te metieras de metiche!
Nanette, furiosa, le aventó el plumero.
—¿Sabes las consecuencias de lo que hiciste? ¡Si te mueres me da igual, pero no embarres a la familia Larco, no embarres a papá!
Félix puso una cara de que no le importaba nada.
—¡Órale! Y yo que pensaba que ya te valía madres esta familia.
Nanette sintió un nudo en la garganta y soltó sin pensar:
—Me puede valer esta familia, pero nunca me va a valer mi papá.
Esas palabras casi hacen llorar a Guillermo.
—Félix —intervino Guillermo—, ¿ahora en qué bronca te metiste para hacer enojar tanto a tu hermana?
Eloísa por fin reaccionó a lo que había dicho Nanette.
Por fin lo entendió.
Su hija adoptiva ya no sentía ningún cariño por esa casa, y en su corazón, no había ningún espacio para ella como madre adoptiva.
Al único que le importaba era a su padre.
Félix habló con flojera:
—Pues nomás me agarré a golpes con alguien.
—¿Entonces... fuiste a defender a tu hermana? —preguntó Eloísa.
—¿Pues qué más? —contestó Félix.
Eloísa de verdad no lo entendía.
—¿Que no tú...?
No se atrevió a terminar la frase.
Porque decirlo en voz alta iba a doler demasiado.
Pero Nanette completó la idea:
—¿Que no siempre me has odiado? ¿De dónde sacas las ganas de defenderme, si tú eres el primero en hacerme menos?
Félix se agachó a recoger el plumero del piso, sin darle mucha importancia.
—Me podrás caer mal, y te podré molestar todo lo que quiera, pero ella no. Si no lo hubiera visto, pues ya qué, pero se atrevió a pasarse de lista en mis narices. Si no le daba una lección, iba a parecer que en la familia Larco no hay quién te defienda.
—Tú...
Nanette se quedó muda del coraje.
Tuvo que respirar hondo un par de veces antes de volver a hablar.
—¡¿Ya pensaste en lo que va a pasar si los Godoy se enteran de que fuiste tú?!

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