A la mañana siguiente, Nanette fue directamente a buscar al médico tratante de Guillermo para hablar del traslado.
El médico conocía la reputación de Virgilio y sugirió que valía la pena intentarlo.
El problema era que, sin el consentimiento de Eloísa, el traslado era imposible.
Nanette estaba con los nervios de punta.
Pasó toda la mañana angustiada, pero para la tarde, el hospital le dio una noticia increíble.
¡Virgilio había llegado al hospital en persona!
Nanette no podía creer lo que escuchaba.
Solo cuando entró al consultorio y vio al anciano de cabello canoso con sus propios ojos, se dio cuenta de que era verdad.
Se le apretó la garganta y se le humedecieron los ojos de pura gratitud.
El anciano, con una mirada amable, se acomodó los lentes y le explicó la situación.
—El señor Cortés fue a buscarme muy temprano y me estuvo rogando por un buen rato. Además, me trajo él mismo en su coche y se encargó de conseguirme un buen lugar para hospedarme, con gente que me atendiera. Su sinceridad me conmovió, por eso vine.
Otra vez Noel...
Nanette ya no sabía ni qué decir.
Para no perder tiempo, el hospital organizó una junta médica de inmediato.
El resultado fue que decidieron emplear un tratamiento combinado de terapias alternativas y medicina moderna.
Virgilio entró a la unidad de terapia intensiva para comenzar con su procedimiento.
Nanette se quedó esperando afuera.
Por primera vez en días, sintió que la vida le daba tantito respiro y el miedo se le aflojó por dentro.
—Señorita Larco, aquí tiene su desayuno.
Nanette se sorprendió.
—Yo no pedí nada.
—Lo envió un tal señor Cortés —respondió la persona.
¿Noel Cortés?
Nanette lo recordó de pronto.
Después de llevar al especialista, Noel se había ido a toda prisa.
Al parecer, tenía asuntos urgentes que atender.
Nanette tomó el desayuno y sacó su celular, pensando en llamarle.
Al menos para darle las gracias.
Pero luego pensó que un simple «gracias» se sentía demasiado vacío para todo lo que había hecho.
Era mejor esperar a que todo se resolviera para poder pagarle el favor como se debía.
Nanette se obligó a comer.
Un huevo cocido, un vaso de leche, la mitad de un elote y un pan tostado de avena.
—Qué bueno que nos entendemos. Sabía que ibas a comprender la situación.
—¿O sea que si mi papá vive o muere da igual? —preguntó Nanette con frialdad.
—Yo no quise decir eso...
—Claro, tiene sentido. Al fin y al cabo, el niño es el preciado heredero de los Godoy. Yo solo soy una extraña y mi papá no significa nada para ti. Obvio no somos importantes.
Tras decir eso, colgó.
Estaba harta de la hipocresía de Galileo.
En ese momento, una enfermera pasó empujando un carrito.
Nanette miró de reojo.
De pronto, su vista se clavó en unas muestras de sangre que iban sobre la bandeja.
¿Sangre?
Ja.
Iba a comprobar con sus propios ojos si ese adorado tesoro era realmente el heredero de los Godoy.
En la noche.
Nanette subió al noveno piso.
Mateo estaba en una habitación VIP, así que fue fácil encontrarlo.
Al ver la puerta, la conversación que escuchó entre Galileo y Yolanda volvió a resonar en su mente.

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