No quería sentir tanto odio.
Pero era inevitable.
Solo la niñera estaba en la habitación.
Nanette abrió la puerta.
Al verla, la niñera se levantó de prisa para saludar.
—Señora Nanette.
Nanette miró de reojo al niño, que dormía profundamente.
—Qué pesada guardia.
—Señora Nanette, ¿qué hace por aquí? —preguntó la niñera.
—Vine a dar una vuelta. ¿Cómo sigue el niño?
—Por suerte no es grave, pero le tienen que poner suero todos los días, pobrecito.
—Me imagino el cansancio.
—Es parte del trabajo.
Nanette preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Y los demás? ¿Por qué estás sola?
—Ya se fueron todos a sus casas.
—¿Y te han dejado sola cuidándolo estos dos días?
—Así es.
Eso era bastante extraño.
Doña Anatolia era una mujer mayor y no aguantaba esos trotes.
Ivón de por sí era una egoísta que solo pensaba en su propia comodidad.
Galileo tenía que ir a la empresa todos los días y necesitaba descansar.
Podía entender que ellos tres tuvieran excusas para no quedarse a cuidarlo.
Pero que Yolanda, siendo la madre, se desentendiera del paquete de esa forma, era el colmo del cinismo...
Nanette fingió buscar algo y abrió un cajón sin darle importancia.
Por desgracia, estaba vacío.
—Se me acaba de ir el avión, ¿qué tipo de sangre tiene el niño?
La niñera, que no tenía malicia, respondió sin pensar:
—Creo que es tipo A.
Galileo era AB y Yolanda era B.
Que el niño fuera sangre tipo A tenía todo el sentido del mundo.
La niñera soltó un bostezo.
Nanette aprovechó la oportunidad.
—Si quieres acuéstate un rato, yo te lo cuido.
La niñera dudó un poco.
—No se preocupe, todavía aguanto.
—Ahorita el niño está dormido, no va a pasar nada. Cierra los ojos un rato, que en la madrugada te va a tocar pesado.


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