Venancio le pasó el brazo por los hombros a Nanette, a drede.
—Pensé que si no podíamos estar juntos, al menos sería un buen amigo para ella, para cuidarla... Pero ahora que lo veo, creo que tengo otra oportunidad.
Tras decir eso, le levantó una ceja a Camila.
—Nena, ¿te molesta si cortamos ahorita para tirarle la onda a Nanette?
Camila le siguió la corriente al instante.
—Para nada, yo me abro en este segundo.
Venancio volvió a mirar la mejilla hinchada de Nanette y algo le raspó por dentro, incómodo. Sus palabras tenían algo de verdad y algo de broma. Pero lo más sincero en ese momento era la impotencia que sentía al verla así.
A Venancio se le endureció la voz.
—Me la llevo.
Sin decir más, le hizo una seña a Camila.
Camila tomó a Nanette del brazo y se encaminaron a la salida. Al pasar junto a Galileo, él estiró la mano y la detuvo.
—Nanette...
—Galileo —lo cortó Nanette—. Me duele la cara… y por dentro estoy hecha trizas. Déjame sola un rato.
Galileo se quedó callado unos segundos y, finalmente, la soltó.
Venancio le dio un par de palmadas en el hombro.
—Señor Godoy, si no la amas, déjala ir. Pero luego no te andes arrepintiendo. A nadie le importan los teatritos que arman en su familia. Es todo lo que te voy a decir. Ahí te la ves.
Venancio llegó a la puerta y se detuvo. Con las manos en los bolsillos, se dio la vuelta lentamente.
—Por cierto, esa bofetada de hoy te va a salir carísima, Luis. Váyanse haciendo a la idea.

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