Galileo ya no aguantó más.
En ese momento, le valió madre si se echaba de enemigo a Venancio.
—¡Venancio! ¡Te pasaste de la raya!
Venancio ni siquiera tuvo que abrir la boca; Camila le contestó por él.
—Galileo, a tu esposa la están atacando entre varios y tú, como su marido, te haces de la vista gorda. ¿A poco te llamas hombre? Ahorita que le tocaron a tu familia, brincas como perro rabioso, pero cuando atacan a tu esposa, te haces pendejo. O sea, según tú, ella sí se merece que la traten así.
Galileo apenas iba a hablar, cuando Camila arremetió de nuevo.
—¡Y otra cosa! Guillermo está arriba entre la vida y la muerte, ¡y tú aquí perdiendo el tiempo con esta vieja! ¡Qué poca madre tienes! ¡Eres un desalmado! ¡Galileo, eres una basura, un pinche animal!
Galileo se puso pálido del coraje.
—¡Camila! ¡Mide tu boca! ¡No te creas intocable!
Camila lo ignoró por completo.
—¿Haces todas esas chingaderas y todavía exiges que la gente sea cortés? —Camila le acercó la cara a modo de reto—. ¡Órale! A ver si muy hombre para pegarle a una mujer.
Aunque Galileo echaba humo por las orejas, no era ningún pendejo como para perder la cabeza por una provocación así.
—¡No voy a perder mi tiempo con una loca como tú!
—Galileo... —Camila se detuvo de golpe y volteó a ver a Nanette.
Como se entendían a la perfección, Nanette supo de inmediato lo que su amiga iba a decir y asintió ligeramente.
Con el permiso concedido, Camila soltó todo el veneno de golpe.
—¡Ese cuento de que amaba tanto a Martino y por eso “le dejó descendencia” es una reverenda pendejada! —Camila le apuntó a Yolanda con el dedo a la cara—. Tu esposo se muere, ¿y te embarazas del esposo de otra, y a eso le llamas dejarle descendencia? ¡A otro perro con ese hueso, no nos quieras ver la cara de pendejas!
Camila señaló ahora a Galileo, y su voz llena de furia resonó en toda la habitación.
—¡Tú y esta golfa ya se andaban revolcando a escondidas desde hace tiempo, y todavía te das aires de grandeza! ¡El cuñado deseando a la viuda de su hermano, y ella seduciéndolo! ¡Su familia es un nido de perversos! ¡Par de calientes, no tienen vergüenza!
—¡De qué carajos hablas!
Venancio volvió a su actitud relajada.
—Tienes a una mujer de oro enfrente y la tratas como si no valiera nada. Te hace falta checarte la vista, compadre.
Galileo se aguantó las ganas de reventar de ira.
—¡Yo sé perfectamente cómo es mi esposa, no necesito que un cabrón como tú me lo venga a decir!
—Te voy a ser sincero —continuó Venancio—. Hace mucho tiempo estuve enamorado de Nanette, pero no me peló. Y mira nomás, quién iba a decir que terminaría fijándose en un ciego como tú.
Galileo se sacó de onda por un segundo y luego soltó una risa fría.
—Conque siempre le tuviste ganas a mi esposa.
—Siempre fui respetuoso. Yo no soy como tú, no me ando metiendo con mujeres casadas. Aunque...

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