Luis se arrancó corriendo sin despedirse.
Poco después, Anatolia e Ivón también se fueron.
Yolanda se quedó mirando a Galileo, con los ojos llorosos.
—Gali...
Galileo ya estaba harto, y escuchar ese tono de mosquita muerta llamándolo así lo irritó aún más.
—Sea como sea, es mi esposa. Esa bofetada fue como si me la hubiera dado a mí.
Yolanda rompió a llorar.
—Yo no sabía que mi papá le iba a pegar de la nada...
—¿Ah, no? ¿Y cuando la estaba ahorcando, tampoco vi que movieras un dedo para detenerlo?
—Gali... —a Yolanda se le quebró la voz—. ¿Qué no viste que ella también me pegó? Todavía me arde la cara...
A Galileo le valía por completo la cara de Yolanda. En su cabeza seguía retumbando el golpe que le dieron a Nanette y la imagen de su labio roto.
—Gali...
—En cuanto termine tu puerperio, te regresas a tu casa.
Yolanda se quedó helada.
—¿A dónde me vas a mandar?
—A la casa que tenías con Martino. No te preocupes, yo voy a poner gente para que los cuiden a ti y al niño.
A Yolanda le tembló la voz.
—¿Me estás corriendo? ¿Vas a echar a la calle hasta a Mateo?
Galileo desvió la mirada, con miedo de ceder si la veía llorar.
—Ya no es correcto que sigas viviendo en Cumbres de la Reina. A fin de cuentas, esa es la casa de Nanette y mía.
Yolanda estalló en gritos.
—¡Pero Mateo es tu hijo! ¿Acaso no quieres volver a verlo?
—Yolanda. —Galileo suspiró profundamente—. Solamente te estoy pidiendo que te mudes para allá. Nadie los está sacando de la familia. Tú y Mateo siguen siendo Godoy. Él sigue siendo el heredero.
Yolanda ya no sabía qué más hacer para dar lástima.
—Pero no me quiero separar de ti...
—Y yo no quiero seguir viendo cómo arman sus berrinches todos los días.
Galileo estaba agotado mentalmente, y las palabras le salieron sin filtro.

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