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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 339

El silencio cayó de golpe en la habitación.

Venancio tardó varios segundos en asimilar lo que acababa de escuchar.

Camila también se sintió mortificada por la vergüenza.

¿Cómo se le había escapado eso...?

Furiosa, le dio un manotazo a Venancio, se acostó rápidamente y se escondió por completo bajo las cobijas.

Venancio finalmente salió de su estupor.

Tiró de la sábana para asomarse.

—No puede ser. ¿Te hiciste una reconstrucción o algo así?

Era inaudito que una mujer que cambiaba de novio más rápido que de zapatos fuera todavía virgen.

¡Era increíble!

Recordando el torpe beso que se habían dado en el club, Venancio empezó a dudar.

Ese beso, tan inexperto, claramente no era propio de alguien con experiencia.

¿Será que en verdad era...?

La voz amortiguada de Camila sonó desde las profundidades de las mantas:

—Venancio, si quieres morirte de una vez, te hago el favor.

—¿Es en serio? ¿No me estás tomando el pelo?

—¡Si te estoy mintiendo, que me parta un rayo!

Una idea pícara cruzó por la mente de Venancio.

—¿Qué tal si me dejas comprobarlo? Solo así sabremos si dices la verdad.

Camila le propinó un rodillazo por debajo de las cobijas.

Venancio dio un respingo del susto.

—¡Oye, cuidado con mis joyas!

—¡Mejor que te las rompa! Así podemos ser mejores amigas de ahora en adelante.

La mano de Venancio comenzó a buscarla bajo la tela.

—Date la vuelta. Charlemos un rato, ándale.

Camila trataba de esquivarlo, muerta de cosquillas, y entre forcejeos y pataleos, su mano rozó... algo.

Aterrada, se arrinconó en el otro extremo de la cama.

Bueno... aunque nunca hubiera estado con un hombre, sabía perfectamente lo que acababa de tocar.

Se puso roja como un tomate.

—¡Lárgate!

Venancio se rio a carcajadas, de un humor excelente. —Tranquila, es solo la reacción matutina de un hombre saludable.

Camila no le contestó y se levantó para buscar su ropa.

Pero, tras echar un vistazo por la habitación, se dio cuenta de que no había rastro de ella.

—Ni te molestes en buscar —le advirtió Venancio—. Metí toda tu ropa a la lavadora. Ayer la vomitaste entera, daba asco.

Al ver que él no ponía resistencia, Camila sintió que no podía seguir haciéndolo y lo soltó.

—Venancio.

—¿Sí?

—¿Y si intentamos algo tú y yo?

Venancio se quedó en silencio un par de segundos.

—¿Para distraerte?

—Tal vez es porque llevo demasiado tiempo soltera, y por eso termino pensando en personas y cosas que no debería —murmuró Camila—. Tal vez lo que necesito es tener un novio para pasar el rato.

Venancio tomó la cajetilla de cigarros del buró, sacó uno y se lo puso en los labios.

Pero no lo encendió.

Camila se lo quitó de la boca y lo sostuvo entre sus dedos, observándolo.

—¿Esto de verdad ayuda a quitarse el estrés?

—¿Quieres probar?

—Sí, voy a probar.

Hizo el ademán de llevárselo a la boca.

Venancio se lo arrebató de un manotazo.

—¿De verdad ibas a fumar, tarada? ¡Te parto la cara si lo haces!

Lanzó el cigarro a un lado, agarró a Camila de la cintura y la tiró contra su pecho. Su pulgar rozó los labios de ella, húmedos y tentadores, y cuando volvió a hablar, su voz había adquirido un tono ronco y peligroso.

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