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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 341

Camila Mancilla apartó la mirada, negándose a verlo.

—¡No soy tan arrastrada!

Venancio Lenso le dio un golpecito en la frente.

—¿Qué mosca te picó hoy? ¿Puedes hablar como una persona normal?

Camila se mordió el labio.

—Me duele la cabeza, quiero volver a dormir.

Venancio la levantó en brazos sin esfuerzo.

—Duerme aquí. Ya pasaste la noche, ¿qué más dan unas horas más?

—¡Quédate dormida! ¡Voy a comprarte ropa y algo de comer!

La dejó sobre la cama.

Le quitó la chaqueta y ella no opuso resistencia.

Con un suspiro de resignación, Venancio dijo: —Mujer, te lo ruego, duerme bien. Deja de dar vueltas al asunto y de inventarte historias. Haz de cuenta que lo de hoy no pasó y seguiremos siendo los buenos amigos de siempre.

Camila se acostó y se tapó hasta la cabeza con las sábanas.

—Lárgate.

Venancio murmuró por lo bajo: —Seguro te debo algo de mi vida pasada. Toda mi vida haciendo lo que se me da la gana, ¡y vengo a caer justo en tus manos!

Estaba a punto de salir cuando se detuvo.

—Camila.

Ese tono inusualmente serio, llamándola por su nombre, la tomó por sorpresa.

El tiempo pareció detenerse por unos segundos.

—Noel es como un hermano para mí, y Nanette es una gran compañera y amiga. Así que, no les hagas daño.

Camila guardó silencio.

Sabía perfectamente a qué se refería.

Pero, movida por el despecho, soltó:

—¿Y si me da la gana de lastimarlos, qué?

El silencio inundó la habitación.

Incapaz de contenerse, Camila asomó la cabeza de entre las sábanas para mirarlo.

La expresión de Venancio era tan severa que daba miedo, y sus palabras destilaban un frío cortante.

—Entonces te despreciaría desde lo más profundo de mi ser. Y a partir de ese momento, Camila Mancilla dejaría de existir en mi círculo de amigos.

Camila tardó en asimilarlo.

¿De verdad era ese el Venancio relajado y despreocupado de siempre?

Su tono y su mirada de hace un momento habían sido genuinamente aterradores.

Dos días después.

—Para nada —respondió Iris—. Como el jefe está de viaje, no tengo mucha carga de trabajo. Es una excelente oportunidad para aprender de usted. El señor Noel me dijo que es alguien brillante. No sé mucho de programación, ¿podría pedirle consejos de vez en cuando?

Nanette sonrió. —Por supuesto. Pero deja de llamarme "Srta. Larco". Somos compañeras, dime Nanette.

Iris dudó un segundo.

—De acuerdo.

Nanette organizó sus documentos y se preparó para irse.

Si ella no salía, era evidente que Iris tampoco lo haría.

Justo cuando Nanette iba a arrancar el auto, sonó su teléfono.

Era de la comisaría.

Ese número siempre le provocaba un nudo en el estómago.

La última vez que había contestado una llamada así, su madre había fallecido.

Y ahora...

Tras unos segundos de duda, contestó.

—¿Hablo con Nanette Larco? —preguntó la voz al otro lado.

—Soy yo.

—Llamamos de la Comisaría de San Lirio. Su hermano está aquí, necesitamos que venga de inmediato.

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