Cuando Gael llegó al lugar y vio la escena, las piernas no le respondieron.
El piso estaba manchado de rojo.
Nanette estaba sentada sobre un charco de sangre, en estado de shock.
Y en sus brazos yacía Iris, sin vida.
Los paramédicos ya habían examinado el cuerpo.
Ya no había nada que hacer. Se había ido.
Gael dejó caer sus muletas y se desplomó en el suelo.
No derramó una sola lágrima. Solo tomó a Iris en sus brazos y la abrazó contra su pecho con una fuerza desgarradora.
Empezó a hablarle en susurros.
—Mañana íbamos a casarnos... ¿por qué me haces esto?
—Hasta había comprado los anillos a escondidas para darte una sorpresa. Ni siquiera sé si te iban a gustar.
—Seguro que sí... siempre fuiste tan dulce y complaciente. Aceptabas todo lo que yo te decía.
—Quería que nos tomáramos fotos de boda.
—Sé que nunca me hubieras exigido nada, pero igual quería darte algo. Si nos íbamos a casar, tenías que tener tus fotos de novia, para que te vieras hermosa.
—Por cierto... venía pensando en lo guapa que estabas hoy. En serio, te veías preciosa.
...
Nanette, apretándose el pecho por el dolor que la partía en dos, rompió a llorar sin consuelo en cuanto abrió la boca.
—Ella... me pidió que te dijera... que en realidad no fue una cobarde. Que de verdad logró protegerme. Y también dijo...
Nanette sollozó, perdiendo la voz por un largo rato antes de poder continuar.
—Me hizo prometerte que no estuvieras triste. Que... que algún día encontrarás a una mejor chica que te acompañe.
—Dijo que... te prohibía que te quedaras solo por su culpa... que si lo hacías, se iba a enojar mucho contigo...
Gael apretó el cuerpo inerte contra él, con una expresión que parecía una mezcla entre una risa y un llanto de agonía.
—Ay, mi niña... sigues siendo igual de tonta. Si solo estaba bromeando cuando te decía que eras cobarde.
—No volveré a molestarte, te lo prometo.
—Despierta, vamos a casa.
—Nanette nos regaló la casa donde íbamos a vivir y ni siquiera has podido estrenarla. Te llevaré a casa para que vivamos allí.
Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no tenían fuerza. No importa cuánto lo intentara, no podía levantarla.
Isaac corrió hacia él y, con los ojos inyectados en sangre, levantó a Iris en sus brazos.
—Juntos la llevaremos a casa.
Gael recogió sus muletas del suelo y, apoyándose en ellas, se irguió con dificultad.
—Hermana, ¿puedes hacerme un favor?

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