Camila soltó un ligero eructo.
—¿Y ese qué hace aquí?
Fue entonces que Nanette hizo memoria.
A mitad de la reunión, Galileo le mandó un mensaje preguntándole en qué restaurante estaban.
Nanette le había contestado sin darle muchas vueltas.
Pero jamás se imaginó que de verdad iba a presentarse ahí.
Justo cuando Galileo se acercaba, Venancio agarró a Nanette y le dio un abrazo.
—Ay, mi Nanette... neta qué gusto verte después de tanto tiempo —balbuceaba el borracho.
Nanette intentó empujarlo con todas sus fuerzas, pero no pudo quitárselo de encima.
En ese instante, vio cómo la cara de Galileo se desfiguraba de furia.
Se acercó de un zancada y arrancó a Venancio de los brazos de Nanette.
Venancio dio unos traspiés y estuvo a punto de irse de boca, pero por suerte Camila lo alcanzó a agarrar.
Camila ni siquiera tuvo tiempo de abrir la boca cuando vio que Galileo ya estaba jalando a Nanette hacia el carro.
Como traía tacones, Nanette casi se dobla el tobillo, pero aun así logró hacerle a Camila la seña de «luego nos hablamos».
El coche cruzó el puente como bala, sin respetar un solo límite. La expresión de Galileo daba miedo.
Nanette se agarró fuerte de la manija y prefirió mantenerse en silencio.
Abrir la boca en ese momento solo iba a hacer que él se enfureciera más, y con esa forma de manejar, podían acabar muertos los dos.
O más bien, los tres.
Si a Galileo le pasaba algo, ni modo, pero ella tenía que sobrevivir a como diera lugar.
El carro finalmente se detuvo frente a la casa.
Aprovechando la pausa, Nanette escribió rápidamente un mensaje y lo envió.
El mensaje decía solamente: [Cumbres de la Reina].
En cuanto se mandó, lo borró del celular justo a tiempo, antes de que Galileo se lo arrebatara.
Galileo revisó el teléfono por todos lados y, al no encontrar nada, le soltó con la cara roja de coraje:
Se decía que «Storm» había salido de ingeniería en sistemas de la USL. Galileo siempre había admirado a ese hacker y llegó a pagar para que lo investigaran, pero nunca lograron encontrar información.
Si lograba encontrarlo y llevárselo a su empresa, sería el fichaje perfecto.
Nanette lo barrió con la mirada y soltó una risita sarcástica.
—¿Y eso qué?
Galileo volvió a la realidad.
—¿Tú eres egresada de la USL?
—Eres mi esposo y ni siquiera sabes en qué universidad estudié. ¿Debería sentirme mal por eso?
Galileo se quedó mudo.
Lo que sabía de Nanette era prácticamente nulo.
En su momento solo quiso casarse con una mujer dócil que no le diera problemas y, por supuesto, nunca le interesó conocerla a fondo.
De repente, a Galileo se le iluminaron los ojos.
—Oye... ¿de casualidad conoces a un estudiante de la USL que usa el apodo de «Storm»?

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