Venancio se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿De qué tanto hablan a mis espaldas, par de guapas?
Camila lo barrió de pies a cabeza, detallando su atuendo casual de diseñador.
—Mírate nomás, joven Venancio. Te ves muy juvenil hoy.
Venancio sonrió con ese aire despreocupado que lo caracterizaba.
—Yo siempre seré un alma joven y rebelde.
Camila soltó una carcajada.
—Sigues siendo igual de descarado.
La mirada de Venancio se posó en Nanette.
—¿Por qué tan callada? ¿Ya ni siquiera me vas a saludar?
Nanette esbozó una sonrisa cortés.
—Cuánto tiempo sin verte.
Venancio se sentó a su lado y cruzó la pierna.
—Tengo pensado venir a hacer negocios aquí en San Lirio. ¿Me das la bienvenida?
—La gente de San Lirio estará encantada de que vengas a aportar a la economía local —respondió Nanette con diplomacia.
—A mí no me importa la demás gente. Yo quiero saber si nuestra querida Nanette me da la bienvenida.
Camila le dio un empujoncito a Venancio con el pie.
—Hazte para allá.
Luego se sentó justo en medio de los dos.
—¡Te pasas de lanza, Venancio! ¿No sabes que Nanette es una mujer casada? Bájale a tus mañas de donjuán o te castro, te lo juro.
Venancio chasqueó la lengua y, lejos de ofenderse, se rio.
—Por más donjuán que sea, eso no cambia el cariño sincero que le tengo a mi Nanette. Además, ¿qué tiene que esté casada? Ella siempre tendrá un lugar muy especial en mi corazón.
Nanette torció la boca y le habló con total seriedad.
—Ya párale, Venancio.
Él se quedó callado un par de segundos.
—Qué amargada, ya no aguantas ni una broma. Así qué chiste.
—Te hace falta que Nanette te ponga en tu lugar —agregó Camila.
Venancio era el compañero de la universidad con el que Nanette había emprendido su primer negocio.
Iba un año arriba de ella en la misma carrera.


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