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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 39

Venancio se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿De qué tanto hablan a mis espaldas, par de guapas?

Camila lo barrió de pies a cabeza, detallando su atuendo casual de diseñador.

—Mírate nomás, joven Venancio. Te ves muy juvenil hoy.

Venancio sonrió con ese aire despreocupado que lo caracterizaba.

—Yo siempre seré un alma joven y rebelde.

Camila soltó una carcajada.

—Sigues siendo igual de descarado.

La mirada de Venancio se posó en Nanette.

—¿Por qué tan callada? ¿Ya ni siquiera me vas a saludar?

Nanette esbozó una sonrisa cortés.

—Cuánto tiempo sin verte.

Venancio se sentó a su lado y cruzó la pierna.

—Tengo pensado venir a hacer negocios aquí en San Lirio. ¿Me das la bienvenida?

—La gente de San Lirio estará encantada de que vengas a aportar a la economía local —respondió Nanette con diplomacia.

—A mí no me importa la demás gente. Yo quiero saber si nuestra querida Nanette me da la bienvenida.

Camila le dio un empujoncito a Venancio con el pie.

—Hazte para allá.

Luego se sentó justo en medio de los dos.

—¡Te pasas de lanza, Venancio! ¿No sabes que Nanette es una mujer casada? Bájale a tus mañas de donjuán o te castro, te lo juro.

Venancio chasqueó la lengua y, lejos de ofenderse, se rio.

—Por más donjuán que sea, eso no cambia el cariño sincero que le tengo a mi Nanette. Además, ¿qué tiene que esté casada? Ella siempre tendrá un lugar muy especial en mi corazón.

Nanette torció la boca y le habló con total seriedad.

—Ya párale, Venancio.

Él se quedó callado un par de segundos.

—Qué amargada, ya no aguantas ni una broma. Así qué chiste.

—Te hace falta que Nanette te ponga en tu lugar —agregó Camila.

Venancio era el compañero de la universidad con el que Nanette había emprendido su primer negocio.

Iba un año arriba de ella en la misma carrera.

Nanette sentía un poco de incomodidad por reencontrárselo de la nada.

Pero luego recapacitó: ya no eran unos niños inmaduros, todo eso era periódico de ayer, y ponerse los moños a estas alturas era una tontería.

Así que decidió tratar a Venancio como a un viejo amigo al que no veía en años.

Una vez que llegaron todos, el ambiente se puso bastante animado.

Como era raro que los viejos amigos se juntaran, los tragos empezaron a volar.

Nanette se dijo que un par de tragos no iban a cambiar nada, que igual ya estaba hecha un desastre por dentro.

Sin embargo, Venancio le arrebató la copa y se tomó todos los tragos por ella.

Después de varias rondas, Venancio ya estaba en las nubes.

Para cuando terminó la cena, ya no sabía ni cómo se llamaba.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Camila—. ¿Lo dejamos botado por ahí?

—Se puso así por tomar mis tragos. Mi conciencia no me deja abandonarlo —dijo Nanette.

—¿Lo llevamos a un hotel?

Nanette iba a contestar cuando, de repente, vio un coche conocido estacionado en la acera.

La puerta se abrió y Galileo bajó del vehículo.

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