Yolanda veía el video en su celular donde Nanette y Galileo parecían la pareja perfecta, y del puro coraje estrelló el teléfono contra el piso.
En ese preciso momento entró Ivón.
Yolanda se puso pálida; no sabía dónde meterse.
Todo el tiempo se la había pasado actuando como la niña buena y comprensiva frente a los Godoy.
Ivón recogió el celular del suelo y le hizo una seña a la niñera para que saliera.
Hasta que se cerró la puerta, habló:
—¿De qué te enojas? Esa vieja nomás está sacando ventaja ahorita, pero a quien de verdad quiere Galileo es a ti. ¿A poco no te habías dado cuenta?
Yolanda se quedó helada.
—Mamá, ¿cómo sabes eso?
Nunca se lo había dicho a nadie; solo se aprovechaba en secreto de los sentimientos de Galileo.
—Ay, hija, yo ya tengo callo. Además, Galileo es mi sangre, ¿cómo no voy a saber lo que siente?
—Mamá...
Ivón le agarró las manos.
—No te asustes. Lo sé todo, pero no estoy enojada, y mucho menos me opondría a que tuvieran algo en serio.
Yolanda saltaba de alegría por dentro, pero por fuera mantuvo su teatrito:
—Yo a Gali solo lo veo con respeto, como alguien de la familia, nada más.
—No seas boba. Ya le diste un hijo a Galileo, ¿cuál hermano mayor? Tarde o temprano van a terminar juntos.
Yolanda fingió pudor.
—Pero ¿cómo vamos a estar juntos? Eso estaría súper mal visto.
—Nada más que se divorcie Galileo. Tú sin marido, él sin esposa... ¿qué tiene de malo? Además, los une Mateo, su hijo. Es cosa del destino.
—¿Divorciarse? —preguntó Yolanda, probando el terreno—. ¿Tú crees que Nanette le va a dar el divorcio a Gali?
«Con lo arruinados que están los Larco, esa arrastrada se va a aferrar a los Godoy con uñas y dientes», pensó Yolanda.
¡Imposible que lo soltara!
Una luz perversa brilló en los ojos de Ivón.
—Si se divorcia o no, no es decisión suya. Tú espérate, yo me encargo de hacer que se largue.
Nanette respiró hondo un par de veces hasta que logró tranquilizarse.
—¿De quién es, entonces?
La enfermera dudó un momento.
—Eso... no se lo puedo decir.
El hospital tenía reglas estrictas al respecto.
Sin el consentimiento explícito del donante, no se podía revelar su identidad.
Incluso Nanette había tenido que mover sus influencias para poder usar la muestra de Galileo.
Jamás pensó que todo terminaría así.
Sin embargo, muy en el fondo, la noticia no le pareció tan mala.
Nanette endureció la mirada.
—Sabes perfectamente el tamaño de tu error. Si voy y pongo una queja con la dirección, te corren hoy mismo, y hasta podrían quitarte la licencia para que no vuelvas a pisar un hospital en tu vida.
La enfermera, que estaba muy consciente de lo grave del asunto, se puso pálida de terror ante la amenaza.

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