Fue un beso fugaz; apareció y desapareció en un instante.
Noel no tuvo tiempo de reaccionar.
Solo el calor residual y la suave textura en sus labios le confirmaron que sí, que ella acababa de besarlo.
La manzana de Adán del hombre subió y bajó, y de su garganta brotó una voz profunda, grave y cargada de magnetismo.
—Tú...
Nanette le sonrió radiante.
—Un premio para ti.
Los dedos de Noel, apoyados sobre sus propios muslos, se tensaron.
—¿Un premio?
—Sí —Nanette intentó controlar los latidos desbocados de su corazón y las inmensas ganas de abrazarlo—. Me tratas tan bien que sentía que debía recompensarte con algo. Aunque no pueda darte mi vida entera, un beso no está mal.
La voz del hombre se volvió aún más ronca, y en sus ojos ardió un fuego intenso.
—Está muy mal.
Nanette no entendió a qué se refería y se sintió un poco avergonzada.
—Yo...
—No es suficiente.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—Un solo beso está muy lejos de ser suficiente.
—Entonces tú...
De pronto, el rostro del hombre se acercó al suyo. Sus respiraciones se mezclaron y sus labios, suaves y exigentes, rozaron los de ella.
—Quiero... un premio mayor.
Apoyó las manos a ambos lados del cuerpo de Nanette, cerró los ojos y capturó sus labios con intensidad.
Fue un beso tierno, pero profundo y apasionado.
Su respiración era pesada, delatando el enorme esfuerzo que estaba haciendo por contenerse.
La mente de Nanette explotó; fue como si todas sus defensas se hubieran derrumbado.
Por un segundo, se arrepintió de haber iniciado aquello.
Pero, al mismo tiempo, no sentía arrepentimiento alguno.
Necesitaba algo a qué aferrarse, así que agarró el brazo de él con fuerza y decidió olvidarse del mundo, cerrando los ojos lentamente.
Se dejaron llevar por la pasión. Sus respiraciones agitadas llenaron el ambiente denso y sensual, nublando por completo el raciocinio de ambos.
Así que... esto era besar. Podía ser algo tan increíblemente hermoso.
Sin darse cuenta, las manos de Nanette subieron hasta enredarse en el cuello de Noel. Lo jaló ligeramente, y ambos terminaron recostados en la cama.
Pero incluso en medio de aquel arrebato, él no olvidó mantener su peso apoyado sobre sus propios brazos.
Tenía demasiado miedo de lastimarla.
De pronto, Nanette sintió una punzada en el corazón y dejó escapar un leve murmullo ronco:
—Noel...
Noel abrió los ojos de golpe y detuvo todos sus movimientos. Su cuerpo le exigía a gritos continuar, desgarrando su autocontrol y haciéndolo sufrir una agonía.

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