Nanette intentó con todas sus fuerzas sonreír y fingir que aquello no le afectaba en lo absoluto.
Pero descubrió que le resultaba increíblemente difícil.
¿De verdad no le importaba?
Sería una mentira decir eso.
Claro que le importaba.
Pero, ¿de qué servía que le importara?
Esa mujer era la prometida oficial de Noel.
—Lo sé, ya lo habían anunciado en las noticias. Qué bueno.
—¿Qué bueno?
Nanette se obligó a mantener la sonrisa.
—Sí, claro. No pueden seguir viviendo en ciudades separadas para siempre. Que ella venga para hacerte compañía y cuidarte... ¿no es algo bueno?
Las cejas de Noel se juntaron en un gesto de angustia.
—No me mientas, ¿de acuerdo?
—No te estoy mintiendo, digo la verdad. Realmente es algo muy bueno.
—Nanette...
—Noel —lo interrumpió ella—. Ya lo habíamos acordado. En cuanto regresemos a San Lirio, volveremos a ser solo amigos.
—¡Isaac!
Sin pronunciar una sola palabra, Isaac frenó gradualmente y detuvo el auto a un lado de la carretera.
Luego se bajó del vehículo y se alejó unos metros.
Su corazón estaba lleno de inquietud.
Si Jovita llegaba, ¿qué pasaría entre el joven amo y la señorita Larco?
Ay, Dios mío...
¿Por qué el destino se empeñaba en separar a dos personas que de verdad se amaban?
Apenas se cerró la puerta, Noel se abalanzó sobre Nanette y devoró sus labios.
Fue un beso desesperado y apasionado que duró una eternidad antes de que él se obligara a separarse, sin querer soltarla del todo.
Su voz sonó ronca, cargada de un dolor que no se podía expresar con palabras.
—No regresemos a San Lirio. Escápate conmigo, ¿sí?
El pecho de Nanette se contrajo con un dolor tan agudo que las lágrimas casi se le escapan de los ojos.
Deseaba con toda su alma gritarle: «Sí, me voy contigo».
Pero no podía hacerle eso.
Nanette acunó el rostro de Noel entre sus manos y lo miró fijamente, con los ojos repletos de amor.
—¿Escaparnos?

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