—Ya me casé contigo y tienes los papeles en regla. ¿De qué más te quejas?
Los ojos de Yolanda estaban inyectados en sangre.
—¡Pero yo no solo quería un acta de matrimonio! ¡Te quiero a ti! Quiero verte todos los días, quiero...
Yolanda se sentó a su lado, apoyando la cabeza con desesperación sobre el hombro del hombre.
—Es cierto que nos casamos, pero casi nunca te veo. No vuelves a casa, pasas las noches afuera. Te llamo y no contestas, te mando mensajes y me ignoras. Ni siquiera has vuelto a acostarte conmigo. Y cuando nos vemos, me tratas con hielo, no dejas que me acerque. Galileo... ¿qué quieres que haga? Siento que me estoy volviendo loca.
Galileo sacudió la ceniza del cigarrillo. En su rostro no quedaba ni una sola pizca de compasión por la mujer que alguna vez había amado.
—Fuiste tú quien dijo que mientras te casaras conmigo y te permitiera estar a mi lado, lo demás te daba igual. Venir con estas exigencias ahora... ¿no crees que es pecar de avaricia?
—Sí, lo dije. ¡Pero me di cuenta de que es demasiado doloroso!
Dos lágrimas hirvientes y cargadas de dolor rodaron por las mejillas de Yolanda.
Y entonces soltó una carcajada.
Una risa lúgubre, cargada de absoluta desesperación.
—Ahora por fin entiendo cómo se sentía esa mujer cuando estaba contigo.
—Tener a tu esposo al lado, pero sentirlo a kilómetros de distancia. Verlo, pero no poder tocarlo. Y cuando por fin regresa, huele al perfume de otra mujer. Saber que es tuyo, pero sentir que le pertenece a alguien más.
—Llorar, sufrir, enfurecerse, gritar... todo es inútil, porque a ti no te importa en lo absoluto.
—Vaya aguante el de esa mujer, lograr soportarte tres años. Yo llevo solo una fracción de ese tiempo y ya siento que no puedo más...
El cigarrillo se consumió hasta quemarle los dedos. El dolor punzante hizo que Galileo saliera de sus pensamientos.
Era cierto.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Esa mujer había soportado este mismo infierno durante tres largos años.
Y no solo fueron las heridas que él le causó; su abuela, su madre, su hermana, la propia Yolanda... incluso el personal de servicio. Toda la familia Godoy la había atormentado sin tregua.
La obligaron a soportar injusticias, tragarse humillaciones.
Transformaron a una mujer dulce y dócil en un puercoespín, que lo pinchaba cada vez que se acercaba, pero que en el proceso terminaba cubierta de su propia sangre.
Y él, como su esposo, decidió cerrar los ojos.
Incluso cuando alguna vez la vio llorar a escondidas en su habitación, prefirió ignorarla y pasar de largo.

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