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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 626

—No preguntes lo que no debes.

Irene apretó los labios y guardó silencio.

¿Acaso ya estaba empezando a ocultarle cosas?

Habían acordado que se contarían todo.

Habían prometido que no habría secretos entre ellos...

***

Isaac comía con un apetito voraz.

—Abuela Melba, su comida es deliciosa. Y este caldo... huele de maravilla.

A Melba le alegraba el corazón ver a la gente disfrutar de lo que preparaba.

—Ese pato fue el que trajiste la última vez. Siempre que vienes traes demasiadas cosas y no alcanzamos a comerlas, así que lo dejé congelado. La próxima vez no gastes tanto dinero en nosotros.

Isaac le echó una mirada rápida a Nanette.

—No fue gasto mío, abuela. Todo lo compró la Srta. Larco.

Melba parpadeó confundida.

—¿Ah, sí? ¿No lo envió el Sr. Cortés?

—Nuestro jefe pagó en su momento, sí, pero la Srta. Larco dijo que no quería gastar el dinero de un extraño, así que le devolvió todo hasta el último centavo.

Isaac enfatizó con cuidado la palabra «extraño».

Melba no tardó en regañar a la joven.

—¡Ay, señorita! Eso no está bien. ¿Cómo va a llamar «extraño» al Sr. Cortés? Al decir esas cosas solo consigue romperle el corazón. Si de verdad quería agradecerle, pudo haberle preparado algo o tenido un detalle con él. Devolverle el dinero es una forma muy fea de alejar a las personas.

Nanette hizo como si no hubiera escuchado nada y continuó tomando su sopa con concentración.

Había tomado sus decisiones y tenía que asumir las consecuencias.

Después de comer, los cuatro se dirigieron juntos al hospital.

En el camino, Melba le contaba a Nanette cómo se estaban organizando.

—Cuando regreso a casa, la señora Sabina va al hospital a hacerle compañía a Tina. Y cuando ella se va a descansar, yo voy a relevarla. Básicamente, la niña nunca está sola. Además, es un angelito muy bien portado, todos la queremos muchísimo. Lo único malo es que está demasiado delgada; el médico dice que es por la desnutrición que sufrió antes.

A Nanette se le encogió el corazón de pena.

—En cuanto le den el alta, me encargaré de que coma muy bien y se recupere.

—¿Y Tina va a ir a la escuela? —preguntó Melba con preocupación.

—Por supuesto que sí.

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