Al escuchar la noticia, Nanette no mostró ninguna emoción evidente.
Ni siquiera una pizca de sorpresa.
Esa era la nueva Camila.
Hacía lo que se le daba la gana, en el momento que se le daba la gana.
Nunca se detenía a pensar si estaba actuando por puro impulso o qué consecuencias traería.
Nanette solo pronunció dos palabras.
—Felicidades.
—Pensé que intentarías convencerme de no hacerlo —dijo Camila.
Nanette sonrió con frialdad.
—Ya somos adultas. Si para cada decisión que tomamos necesitamos que alguien nos aconseje o nos detenga, entonces no somos diferentes a unas niñas de kínder.
—¿Podrías... ser mi dama de honor?
—No me parece apropiado. —Nanette giró la vista hacia la ventana.
El día estaba despejado y sin viento, pero de alguna manera, el ambiente se sentía cada vez más helado.
—Al fin y al cabo soy una mujer divorciada. En las bodas, dicen que eso atrae la mala suerte.
—A mí me da exactamente igual.
—Pero a mí no. Tengo miedo.
—¿De qué tienes miedo?
—De que si su matrimonio termina siendo un infierno, me eches la culpa a mí. Últimamente me resulta imposible entender tus decisiones, y no me sorprendería que el día de mañana usaras esto en mi contra. Prefiero evitar problemas antes de que sucedan.
A Camila se le hizo un nudo en la garganta.
—¿De verdad piensas eso de mí?
—Son tus propias acciones las que me obligan a pensar así. Simplemente no quiero dolores de cabeza innecesarios.
—Nanette...
—Camila —la interrumpió Nanette, sin ganas de prolongar la charla—. Dejémoslo aquí. Acepté tus disculpas, te perdoné. De ahora en adelante, ninguna le debe nada a la otra. Sobre tu boda, te felicito de verdad, pero te suplico que no lastimes a Venancio. Aunque tenga fama de donjuán y de ir de fiesta en fiesta, en el fondo es un hombre de un corazón enorme. Perfectamente pudo haberse desentendido del asunto y lavarse las manos, pero no lo hizo. Ha buscado mil formas de compensarte, lo que demuestra que es un hombre que sabe asumir su responsabilidad. Para ti, casarte puede ser solo un capricho del momento, pero para él, es un compromiso para toda la vida. Así que, por favor, piénsalo con la cabeza fría. Pero si estás decidida a seguir con esto, te lo ruego en nombre de los años de amistad que compartimos: trátalo bien. Míralo como a tu esposo, no lo uses como desahogo ni como un reemplazo de alguien más.
Nanette aguantó el dolor en su pecho y sentenció:
—Camila... que te vaya muy bien. Adiós.
Camila se quedó petrificada.
—¡Nanette!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó