Joaquín soltó una carcajada.
—¡Así se habla! Si no lo quiere probar, que no lo haga. Yo comeré más para no desperdiciar todo tu esfuerzo.
—Tampoco debe excederse —le advirtió Jovita—. Es dulce, y si come demasiado le puede hacer mal. Hay que disfrutarlo con moderación.
Joaquín no cabía en sí de la felicidad.
—Eres un encanto, niña. Te he tomado un cariño inmenso.
Jovita fingió timidez.
—Yo también lo quiero mucho, Don Joaquín.
La mirada de Joaquín se posó en Noel. Sus ojos, penetrantes y sagaces, parecían capaces de leer la mente.
Nadie hace una visita de la nada.
Era evidente que venía por algo importante.
Y probablemente no era algo bueno.
Antes de que Noel pudiera hablar, Joaquín tomó la iniciativa.
—Tu futuro suegro, Arturo, me llamó. Dijo que definitivamente asistirán a mi banquete de cumpleaños. Cuando llegue el momento, asegúrate de atenderlos bien. Y aprovechando la ocasión, podremos afinar los detalles de tu boda con Jovita.
Noel mantuvo la cabeza agachada, entrelazando sus largos y pálidos dedos. Su expresión se tornó compleja en un instante.
—No voy a...
—Don Joaquín —lo interrumpió Jovita con una sonrisa sutil—. Sobre nuestra boda, hay un par de cosas que me gustaría pedirle.
Joaquín la miró con indulgencia.
—Dime, niña, te escucho.
—Don Joaquín, como usted sabe, Noel y yo hemos estado enfocados en nuestras carreras. Casi no hemos pasado tiempo juntos y en realidad no hemos convivido. Por eso, no quiero apresurarme con el matrimonio. Me gustaría que tuviéramos un noviazgo de verdad. Cuando ambos estemos seguros de dar el paso, entonces nos casaremos. No hay prisa.
Joaquín se sorprendió.
—¿De verdad piensas así?
Jovita sonrió con recato.
—¡Claro que sí! Jamás me atrevería a mentirle.

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