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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 735

Silvio estaba indignado.

—¡Aunque sea poderoso en Puerto Alba, ¿eso qué?! ¡Estamos en San Lirio! ¡Este es su territorio, señor! ¡Qué derecho tiene ese tipo para ser tan arrogante!

Galileo vertió lentamente su bebida sobre una planta; su mirada destilaba frialdad, pero estaba completamente lúcido.

—Logró comprar Logística Transoceánica en tiempo récord, adquirió los terrenos en los suburbios del sur sin problemas, con solo mover un dedo clausuró nuestra clínica estética, y hasta el Restaurante La Terraza Real le pertenece...

—Y quién sabe cuántas cosas más que ignoramos... Alguien así, ¿no tiene derecho a ser arrogante?

—Simplemente no soporto que lo menosprecie de esa forma, Presidente Godoy —se quejó Silvio—. ¿En serio se va a quedar de brazos cruzados?

El rostro de Galileo ya había recuperado su color habitual, como si lo ocurrido hace un instante jamás hubiera pasado.

—Nunca tuve la intención de pelear con él en este ámbito. Ahora mismo, mi atención no está ahí...

Lo que él quería era a ella.

Al salir del lugar, Isaac no pudo aguantarse más y soltó una carcajada.

—¡Señor, estuvo increíble cuando lo puso en su lugar! A ese Godoy se le puso la cara verde.

Sin embargo, la expresión de Noel se fue ensombreciendo.

Al verlo así, a Isaac se le borró la sonrisa.

—Señor, ¿está pensando en el banquete de Don Joaquín?

Isaac soltó un suspiro.

—Sé que Don Joaquín quiere apresurar su boda con la señorita Zamora, pero usted...

Isaac no se atrevió a terminar la frase.

Era un callejón sin salida.

Un nudo ciego que era casi imposible de deshacer, pero que tampoco podía cortarse a la fuerza.

El hombre guardó silencio en el auto por un largo rato.

—Isaac, vamos a la Mansión Cortés.

Una hora después.

El auto se detuvo frente a la imponente residencia. Isaac se sentía sumamente ansioso.

—Señor, ¿qué planea hacer aquí?

Noel abrió los ojos lentamente, puso la mano en la puerta y se preparó para bajar.

—Quédate en el auto, no hace falta que entres.

Al escuchar eso, Isaac se alarmó aún más.

—¡Señor! ¡¿Qué va a hacer?! ¡No me diga que va a enfrentarse a su padre!

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