Melba señaló la puerta del estudio.
—Vaya, la señorita está ahí adentro.
Noel caminó hacia la puerta, dudando si debía tocar.
Al levantar la mano, esbozó una sonrisa cargada de amargura.
Jamás imaginó que él, siendo el temible señor Cortés, dudaría tanto para abrir una simple puerta.
Desde adentro se escuchó esa voz familiar y cautivadora.
—Pasa.
Noel entró.
La mujer estaba de espaldas a la puerta, buscando algo en el librero.
—Melba, ve a descansar, no te preocupes por mí.
Al no escuchar respuesta, la persona que estaba absorta en su propio mundo se giró.
Nanette se quedó estupefacta.
—Tú...
Por la impresión, el libro que tenía en las manos cayó al suelo.
Noel se acercó, se agachó para recogerlo, y su mirada no pudo evitar posarse en su vientre.
Ella llevaba puesta una bata de dormir blanca con un cinturón a la cintura, y el pequeño bulto en su abdomen ya era notable.
A Nanette le ardieron las orejas.
Y es que no llevaba nada debajo de la bata.
Debido al embarazo, su figura se había vuelto más voluptuosa, y el cuello ligeramente abierto dejaba mucho a la vista.
Noel se dio cuenta de su incomodidad y le propuso:
—¿Quieres ir a cambiarte? Te espero aquí.
Nanette asintió y salió a paso acelerado.
Cuando volvió, traía un vaso de agua tibia en la mano.
—En casa solo hay café y leche. Es muy tarde y el café te quitará el sueño. Como eres intolerante a la lactosa, la leche tampoco es opción. Así que te traje agua.
Él tomó el vaso.
Sus dedos se rozaron levemente, y eso le dio un poco de tranquilidad.
Qué bien. Hoy tenía las manos calientitas.

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