Noel trató de reponerse y habló con dificultad.
—No quiero que vayas.
Nanette dejó escapar un suspiro profundo, mientras un dolor punzante se extendía por todo su cuerpo.
Ella tampoco quería ir.
Ir significaba presenciar escenas que no deseaba ver.
Imágenes que le quemarían los ojos y le atravesarían el corazón.
—Sigo queriendo llevarte conmigo.
Él la miró con firmeza, como si hubiera tomado una decisión inquebrantable.
Nanette levantó la cabeza de golpe y parpadeó con fuerza. Sentía los ojos hinchados y ardientes.
Se dijo a sí misma:
«¡Nanette! ¡No puedes llorar! ¡Prometiste que no derramarías ni una sola lágrima más por él!»
Sus ojos ya estaban vidriosos, pero se forzó a sonreír.
—Mira nada más, vuelves a decir esas cosas. El gran señor Cortés no debería romper su palabra tantas veces.
«¿Acaso sabes que cada vez que te digo "no", es como si me arrancaran el corazón?»
Noel se acercó a ella y la abrazó con delicadeza.
—Perdón. Lo que más me aterra en la vida es que llores, y siempre soy yo quien te hace derramar lágrimas.
Nanette aguantó todo lo que pudo.
—No. No estoy llorando.
Sus brazos permanecieron pegados a sus costados, sin encontrar el valor para devolverle el abrazo.
—Noel, no me iré contigo.
El corazón de Noel fue cayendo poco a poco, sintiendo que se precipitaba hacia un abismo sin fin.
—Sabía que me darías la misma respuesta, pero no podía resignarme sin luchar una última vez.
Nanette cerró los ojos, tratando de controlar su respiración agitada. Lo que iba a decir a continuación requirió de todas sus fuerzas.
—Noel, ya no quiero amarte.
«Ya ni siquiera puedo...»
—Dejemos que cada quien siga su camino, que cada uno esté bien, ¿sí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó