Él siempre era así, mantenía la cabeza fría en cualquier lugar y circunstancia, siempre sabiendo qué era lo más importante en cada momento.
Nanette se quedó sentada en silencio en el sofá, dejándose mimar por los cuidados minuciosos de Noel.
Él encendió la secadora en una temperatura media y, para no correr riesgos, primero probó el calor contra la palma de su propia mano antes de dirigir el aire hacia ella.
Justo cuando terminó de secarle el cabello, Nanette escuchó voces al otro lado de la puerta.
Era la voz de Tina.
—Abuela Melba, ¿por qué me jalas? Yo quiero ver al tío Noel.
La voz de Melba era un susurro tan bajo que apenas se lograba distinguir.
Pero entonces se escuchó a Tina decir:
—Ah, es verdad. No podemos interrumpir el tiempo a solas del tío y la tía Nanette.
Después de eso, el silencio volvió a reinar en el pasillo.
Nanette cruzó miradas con Noel y los dos se echaron a reír al mismo tiempo.
Ella revisó la hora.
—Ya es un poco tarde, ¿te vas a ir a tu casa o te quedas a dormir aquí?
—Me encantaría quedarme contigo, pero no tengo ropa limpia aquí. No quiero que te sientas incómoda si duermo con la ropa sucia —explicó Noel.
—Sí tienes —dijo ella.
Noel parpadeó, desconcertado.
—¿Tengo qué?
—Ropa para cambiarte. Tu ropa.
Él acarició mechones del cabello de ella con las yemas de los dedos. Su voz, profunda y clara, denotaba cierta incredulidad.
—¿Tú me preparaste ropa limpia?
Nanette sonrió.
—Sí.
—¿Y cuándo hiciste eso?
—Al día siguiente de que te dije «vamos a intentarlo». De camino a casa después del trabajo, pasé al centro comercial y te la compré.
El calor que invadió los ojos de Noel era imposible de ocultar.
Quizá para no hacerla sentir avergonzada, decidió bromear un poco:
—Vaya, así que ya me tenías en la mira desde hace rato.
Nanette le rodeó el cuello con los brazos, y sus ojos se iluminaron con una sonrisa juguetona.
—Así es, ya te había echado el ojo. Pero yo fui como el pescador que tira el anzuelo sin carnada: quería ver si el pez picaba por su propia voluntad.

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