[¿Ya te levantaste?]
Nanette tecleó: [¿A qué hora te fuiste?]
[Anoche, después de que te quedaste dormida. Surgió una emergencia y tuve que irme.]
[Entiendo.]
[¿Dormiste bien?]
Nanette movió su cuerpo pesado y respondió:
[Dormí de un tirón hasta amanecer.]
[Me alegra. Levántate, arréglate y ve a desayunar.]
[De acuerdo.]
Nanette apenas había dejado el celular cuando entró otro mensaje.
[Aún no he terminado de resolver el asunto de la cooperación internacional. No iré a verte en estos dos días, espérame a que termine.]
Nanette no le dio muchas vueltas.
[Ocúpate de lo tuyo, no te preocupes.]
Al no recibir más respuestas, se levantó para arreglarse.
Luego fue al comedor.
Melba ya había servido el desayuno.
Tina estaba comiendo muy juiciosa.
—Buenos días, tía Nanette.
Nanette le acarició la cabeza por inercia.
—Buenos días, preciosa.
Tina la miraba con una enorme sonrisa.
—Pequeña traviesa, ¿qué te tiene tan contenta? —preguntó Nanette, divertida.
—Estoy feliz por ti, tía.
—¿Por mí?
—Sí, me hace muy feliz que el tío Noel y tú por fin estén juntos.
Nanette le sirvió un huevito a la niña.
—Come un poco más.
Apenas Tina terminó su desayuno, sonó el timbre.
A esa hora, debía ser la señora que venía a llevar a Tina a la escuela.
La niña se puso la mochila y fue a abrir.
Efectivamente, era la señora, pero en el suelo, junto a la puerta, había alguien acurrucada.
Tina la reconoció de inmediato.
—¡Hermana Zulema!

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