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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 942

—Me equivoqué, sé que me equivoqué... —la voz de Camila Mancilla temblaba—. ¿Podemos volver a casarnos? ¿Podemos empezar de nuevo, por favor? Te quiero a mi lado, acompañándome, no quiero estar sola.

—¿Cómo vas a estar sola? ¿No tienes a Galileo Godoy?

Venancio apartó las manos de ella con fuerza y se dio la vuelta.

—¿De verdad crees que quiero a una mujer con la que Galileo ya se divirtió?

El rostro de Camila ardió de vergüenza al instante.

—Yo y Galileo...

—Detente —la interrumpió Venancio, impaciente—. No me vengas con el cuento de que lo tuyo con ese tal Godoy fue solo un juego. Camila, aunque en el mundo de los adultos muchas cosas no se toman en serio, yo no soy de los que se acuestan con cualquiera. Así que espero que mi mujer también sea alguien que se respete a sí misma.

Camila se estremeció.

—¿Me estás llamando sucia?

—Yo no he dicho eso. Cómo lo interpretes, es problema tuyo.

—Venancio...

—Además —continuó Venancio, retrocediendo un par de pasos con repulsión—, en tu mente pensabas en Noel, pero te acostabas con Galileo, y luego vienes corriendo a decirme que quieres estar conmigo. Camila, hazte revisar la cabeza. Creo que ahora no solo tienes problemas psicológicos, sino que derechamente te falla el cerebro.

Como si hubiera perdido la razón, Camila se abalanzó sobre Venancio, tirando de su ropa.

—¡Tú eres el que tiene problemas en la cabeza! ¡Tú eres el enfermo, tú y toda tu familia!

Venancio levantó un brazo y la empujó para apartarla.

Incapaz de mantener el equilibrio sobre sus tacones, Camila se torció el tobillo y cayó de sentón al suelo.

El dolor punzante hizo que arrugara el rostro y soltara un gemido.

Al darse cuenta de lo que había pasado, Venancio hizo el amago de acercarse para ayudarla, pero sus piernas pesaban como plomo; no podía dar ni un paso.

Él tampoco quería llegar a esto.

Después de todo, alguna vez estuvieron casados. Realmente detestaba terminar así, sacándose los trapos sucios. Pero las acciones de Camila ya habían cruzado todos sus límites.

Al notar las miradas curiosas de los transeúntes y ver la expresión de dolor de Camila, Venancio suspiró con resignación. Se acercó y le tendió la mano.

—Levántate primero.

Camila se sujetaba el tobillo.

—Me torcí el pie.

—No quería empujarte, tú me obligaste —dijo él, impotente.

De repente, a Camila se le escaparon las lágrimas.

—Venancio, siento que estoy atrapada en un callejón sin salida y no puedo escapar.

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