Un par de pesadas puertas dobles ocultaban todo lo que sucedía dentro de la sala de partos.
Aunque no podían ver con sus propios ojos el calvario que estaba atravesando, todos sabían perfectamente lo doloroso que era.
Zulema también había llegado.
Venancio caminaba en círculos frente a la puerta, desesperado. De vez en cuando, pegaba la oreja a la rendija para intentar escuchar algo.
Zulema iba detrás de él y le jaló la manga de la camisa.
—Venancio, no te alteres, seguro que Nanette sale pronto.
La ansiedad sacó de quicio a Venancio, quien le soltó:
—¡Tú qué vas a saber! ¡Dar a luz también es peligroso!
Zulema murmuró, ofendida:
—Aunque nunca he tenido un bebé, sé un par de cosas. Además, de nada sirve que te desesperes. Tu angustia no va a hacer que a ella le duela menos.
Las palabras le zumbaron en los oídos a Venancio.
—Ve a sentarte allá.
Haciendo pucheros, Zulema obedeció.
Gael Solano fue el último en llegar.
—¿Cómo están las cosas?
Venancio suspiró pesadamente.
—No se ve ni se escucha nada. ¡Qué angustia!
Gael le palmeó el hombro.
—Tranquilo, todo saldrá bien.
Hizo una pausa y luego preguntó:
—¿Tienen noticias de King?
—Todavía nada.
Gael soltó un suspiro.
—King siempre decía que quería estar a su lado durante el parto, que quería ver nacer a su hijo con sus propios ojos... Y miren la situación...
—En este punto, ver o no ver ya da igual —respondió Venancio—. Mientras los dos estén a salvo, es suficiente.
Si alguno de los dos llegaba a faltar, probablemente el otro perdería las ganas de vivir.
A medida que pasaba el tiempo, las puertas de la sala de partos seguían cerradas.
Incluso Joaquín, que siempre mantenía una calma estoica, comenzó a ponerse nervioso y se aferró con fuerza a la mano de Ulises.
Ulises trataba de consolarlo, y de paso, consolarse a sí mismo.
—Tranquilo, Don Joaquín, no pasa nada, no pasa nada. Seguro salen en cualquier momento. Ambos estarán perfectos.
Entrada la madrugada.

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