—Yo estaba pensando exactamente lo mismo —aprobó Sabina.
—Ni lo sueñen. Ese es mi nieto, y si va a vivir en algún lado, será en La Mansión Cortés —intervino Joaquín de inmediato.
—Cuando Noel se case oficialmente con Nanette, habrá tiempo de sobra para que vivan ahí. ¿Cuál es la prisa? Primero se irá a nuestra casa —contraatacó Sabina.
Joaquín resopló, indignado.
—¡A La Mansión Cortés!
—¿Y por qué tendría que ser así? —retó Quintín.
—¡Porque es mi nieto!
—¡Y es mi nieto también!
...
Las puertas volvieron a abrirse y el médico salió con el recién nacido en brazos, cortando de tajo la discusión de los dos viejos obstinados.
Pero, por un momento, nadie se atrevió a cargarlo.
Era tan pequeño, tan ligero, que parecía de cristal. Todos temían romperlo si hacían un movimiento en falso.
Finalmente, Sabina fue quien lo tomó en brazos.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.
Probablemente a esto se le llamaba llorar de felicidad.
Nunca había tenido la oportunidad de ser madre biológica, pero en ese momento pudo sentir la grandeza y el sacrificio de serlo.
Los ojos de Joaquín brillaban con más intensidad que nunca.
—¡Es igualito! ¡Es la viva imagen!
Ulises se frotaba las manos, al borde del éxtasis.
—Así es, señor. Es idéntico a cuando el joven amo Noel era un bebé. Si la señora estuviera viva, no sé de qué tamaño sería su alegría al ver a esta pequeña copia de su hijo.
En ese momento, sacaron a Nanette en una camilla.
Su rostro seguía sin tener una gota de color.
A Venancio se le encogió el corazón al verla. Se inclinó y le preguntó en voz baja:
—¿Te duele mucho?
Nanette negó débilmente con la cabeza.
—Ya casi no me duele... solo estoy muy cansada.
Venancio le acarició la frente con dulzura.
—Entonces descansa un poco.
Los ojos de Nanette se llenaron de lágrimas.

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