El vino se derramó sobre Isabella, trazando líneas escarlatas que descendían por su cuello.
La tez luminosa, manchada de rojo oscuro, adquirió una belleza casi siniestra.
Se agachó y, con sus largos dedos, recogió uno de los cristales rotos.
Una vez más lo había hecho enojar. No sabía por qué, pero ver su rabia le causaba una profunda satisfacción.
Incluso le provocaba una extraña y retorcida emoción.
***
A primera hora de la mañana, Julia recibió el vestido de noche que Adrián le había enviado.
Se trataba de un elegante diseño corte sirena, color negro y sin tirantes, acompañado de un juego de joyas exclusivas.
A su lado, Diana se cubría la boca con las manos, asombrada ante semejante belleza.
—¡Dios mío, hasta plumas tiene!
Julia levantó el vestido. La falda era asimétrica: más corta por delante y con una suave caída en la espalda. Una hilera de plumas adornaba el hombro derecho y caía en cascada por la cintura, perdiéndose en el dobladillo.
—Es hermoso, sin duda.
Diana abrió el estuche de joyería, que revelaba un juego de piezas de ágata negra.
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