—German, es la señorita Silva.
Sofía la miró con desconcierto.
—¿No había dicho que no le gustaban este tipo de eventos? ¿Por qué...?
Con una mano metida en el bolsillo del pantalón, German observó a las dos personas con una mirada que se volvía cada vez más insondable.
A unos pasos de distancia, Adrián extendió una mano y usó la otra para proteger el techo del vehículo. Desde el interior, una delicada mano enguantada se apoyó en su palma y la joven bajó con gracia.
Al ponerse de pie, el hombre se inclinó para arreglarle la caída del vestido.
Luego le ofreció su brazo, y ella lo enlazó con total naturalidad.
A diferencia de sus looks habituales, Julia llevaba un maquillaje ahumado en tonos fríos. El delineado en sus ojos ascendía en las comisuras, otorgándole una mirada aguda y cautivadora.
Su rostro lucía limpio y sobrio, sin exceso de color en las mejillas. Sus facciones parecían esculpidas, y sus labios estaban teñidos de un vibrante rojo cereza mate.
Llevaba el cabello completamente recogido, luciendo su largo y elegante cuello.
Ese exclusivo juego de joyas de alta gama parecía tan solo un accesorio secundario frente a su presencia.
El ceñido vestido corte sirena en tono oscuro hacía que su piel resaltara de forma impresionante. Parecía un verdadero cisne negro que acababa de replegar sus alas en medio de la noche.
Altiva, distante y deslumbrantemente hermosa.
Ella... se veía completamente diferente.
Sofía parpadeó, sintiéndose intimidada, y, por instinto, levantó la mirada hacia el hombre a su lado.
Desde que Julia bajó del auto, la mirada de German no se había apartado de ella ni un solo segundo. La observaba como si quisiera devorarla.
Los dedos de Sofía se encogieron de forma involuntaria; tragó aire profundamente para recuperar la compostura.
Esbozó la mejor sonrisa que pudo fingir y preguntó:
—¿Deberíamos ir a saludar?
German no respondió.
Su atención seguía anclada en la sonrisa que adornaba los labios de Julia, y su rostro se tornó lúgubre.
Los movimientos de ambos se veían increíblemente naturales y coordinados.
Como si lo hubieran hecho miles de veces.
Con los nudillos blancos por la tensión, el hombre soltó el brazo de Sofía de manera sutil y se acomodó la manga de la camisa.
—Vámonos —dijo en un tono gélido, sin el más mínimo rastro de calidez.
La mano de Sofía quedó en el aire. Miró la espalda del hombre, que ya avanzaba hacia la entrada, y bajó la mirada.
Una densa nube de celos y rabia le nubló los ojos.
Sintiendo como si le hubieran metido un puñado de algodón en la garganta, alzó un poco la voz y lo llamó:
—German, espérame.
Para no parecer demasiado ansiosa, le había pedido a Adrián que no la buscaran de manera intencional.
La noche apenas comenzaba, y si no lograba verla en ese momento, seguro lo haría durante la subasta.
En el balcón del segundo piso...
La mirada de German seguía fija en la silueta oscura de la cubierta baja.
Sentado frente a él, Santiago Vaca contemplaba, sin dar crédito, al hombre convertido en una estatua petrificada mirando a su esposa.
De verdad, no lograba procesar toda la situación.
German y Sofía, por un lado; Julia y Adrián, por el otro.
¿Qué clase de locura era esta?
¿Un intercambio de parejas?
La incredulidad de Santiago llegó a su límite.
—Hermano, esa es tu esposa. ¿Cómo dejas que sea la acompañante de otro?
German no movió un solo músculo. Seguía en la misma postura, con la mirada clavada en la cubierta.
—¿Acaso fui yo quien le dio permiso?
—O sea... tu esposa está preciosa, del brazo de otro hombre, ¿y tú no sientes nada?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Ruegues, No Sirve