Justo antes de que la chaqueta de Adrián rozara los hombros de Julia, una mano apareció desde atrás y la empujó con brusquedad hacia abajo.
Inmediatamente después, Julia sintió un cálido abrazo rodeando su espalda, y un inconfundible aroma inundó sus sentidos. Otra chaqueta acababa de cubrirla por completo.
La prenda de Adrián fue arrojada de vuelta a sus brazos sin el menor respeto.
—El señor Silva debería preocuparse por cuidarse a sí mismo. No sea que mañana pesque un resfriado y luego ande buscando a quién culpar.
Julia se dio la vuelta y se encontró con el rostro de German.
—¿Así que este es el tipo de eventos que decías que no te gustaban?
La voz del hombre sonaba grave. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.
—¿Acaso el señor Zamora no se da cuenta de si es que no me gustan estos eventos, o simplemente no me agradan ciertas personas?
Ignorando por completo la presencia de Adrián, German clavó sus ojos en Julia.
—¿Me puedes dar una explicación lógica?
«Increíble», pensó Julia. Su familia la acosa, la presiona y la amenaza, ¿y ahora él aparece exigiéndole explicaciones en público?
¿Qué no han hecho ya los Zamora para arruinarle la vida?
¿Acaso no sabía la clase de escoria que era su propia tía?
Además, ¿tenía ella la obligación de asistir solo por haber recibido una invitación de él?
Al escucharlo usar ese tono autoritario, como si ella fuera de su propiedad, supo que él seguía creyendo que la manipularía tan fácil como siempre.
—¿Una explicación? —le cuestionó—. ¿Qué tipo de explicación quieres escuchar?
Miró con ironía la silueta de German y luego soltó una carcajada amarga.
—Creo que ya te di la respuesta.
»No es que me desagrade el evento, me desagradan ciertas personas.
Alzó un poco la barbilla hacia el segundo piso, donde Sofía seguramente seguía observando.
—Estamos a mano, ¿no crees? Tú tienes tu acompañante, yo tengo el mío. ¿Dónde está el problema?
»¿Acaso tú tienes derecho a hacer lo que quieras, pero yo no?
German no esperaba que Julia soltara todo de un tirón con tanta hostilidad.
Tampoco esperaba que fuera tan directa y le respondiera con semejante dureza.
Se quedó sin palabras por un segundo.
—Sofía es...
Ella no lo dejó terminar.
—Ah, y otra cosa: si tienen algún conflicto personal, háganme el favor de resolverlo en privado. No me metan a la mitad cada vez que se cruzan.
»No soy árbitro de nadie y no me interesa participar en su ridícula rivalidad. Si algo les sale mal, no vengan con el pretexto de que lo hicieron por mí.
Simplemente le parecía una estupidez.
¿Por qué seguían pelando?
Con el semblante sombrío, pasó por en medio de los dos hombres y entró directamente al salón del barco.
German y Adrián se quedaron de pie, intercambiando miradas hostiles.
Adrián rompió el silencio.
—Eres muy ingenuo si crees que todavía significas algo para ella.
German soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—A ti también te rechazó de frente. ¿De verdad te crees mejor que yo?
Desde su privilegiada ubicación en el balcón del segundo piso, Santiago casi escupió sangre del coraje, y golpeó la mesa con el puño cerrado.
German Zamora.
Definitivamente, era la persona más terca y frustrante que conocía.

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