Realmente no tenía salvación.
Suspiró, jugando con el broche que tenía en las manos, totalmente aburrido.
—¡Ay!
Un dolor agudo le punzó el dedo.
—¿Qué demonios es esto?
Santiago frunció el ceño y giró el broche.
En la parte posterior, cerca del cierre de seguridad, una pequeña tira metálica sobresalía como si estuviera a punto de soltarse.
Quedó extrañado. «¿Desde cuándo la joyería de lujo tiene acabados tan deficientes?».
Pero al observar bien, aquella pequeña y fina lengüeta no parecía formar parte de la estructura original del broche. ¿Acaso se la habían adherido después?
Usando las uñas, pellizcó el diminuto metal y tiró de él con cuidado.
Ante sus ojos, apareció un pequeño dispositivo apenas del tamaño de una uña, conectado a dos finísimos cables que terminaban en un círculo chato.
Sostuvo aquel aparato entre los dedos y se quedó paralizado durante dos segundos.
¿Acaso...?
***
Aún con el enojo hirviéndole en el pecho, Julia recorrió los corredores internos del crucero.
En una de las esquinas del primer piso habían colocado un bufet; se acercó con expresión seria, tomó un par de rebanadas de pan y comenzó a comerlas.
Decidió que se pasearía por las diferentes áreas del barco con la esperanza de encontrarse con la maestra Patricia Rivas.
Originalmente, Adrián había conseguido una invitación extra para que Diana pudiera acompañarla.
Pero el abuelo de Diana la llamó a última hora para decirle que su tío volvería ese fin de semana y quería reunir a la familia, por lo que su amiga tuvo que cancelar.
Mientras masticaba el pan, sus ojos escaneaban los rincones del salón, donde los asistentes platicaban en grupos pequeños.
De pronto, una voz suave y cálida resonó cerca de ella.
—¿Nos volvemos a encontrar?
Julia alzó la vista y una figura vestida de traje claro apareció en su campo visual.
Ese rostro le resultaba familiar.
Parecía ser...
—¿Aún me recuerda, señorita?
Era el médico que había acudido a la cita a ciegas con Diana la vez anterior. De apellido Perea.
Julia se enderezó y le respondió con cortesía.
—Doctor Perea, ¿también está aquí?
El doctor Rafael Perea le sonrió.
—¿Así que de verdad me recuerda?
Ella asintió.
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