¿No es esa...?
—¿Maestra Patricia?
Julia exclamó con sorpresa. Jamás imaginó encontrarse con Patricia Rivas de esa manera.
Al escuchar que Julia la llamaba, el Dr. Rafael Perea, que estaba a su lado, no pudo evitar su asombro.
—Señorita Julia, ¿conoce a mi madre?
Julia asintió efusivamente, con la emoción brillando en sus ojos.
—¡Vine especialmente para ver a la maestra Patricia!
Fue en ese momento que cayó en cuenta. Con razón el doctor se apellidaba Perea. ¡Era el hijo de la legendaria maestra!
Patricia Rivas se acercó. Llevaba un elegante vestido de seda oscura, acompañado de un fino chal verde esmeralda, destilando un aire de gracia y distinción innata.
Julia la saludó con un gesto de profundo respeto.
—Buenas noches, maestra Patricia. Soy Julia Silva, no sé si me recuerda.
Al estar frente a una figura tan imponente en la industria, Julia no pudo evitar ruborizarse.
Patricia la observó, pareciendo hurgar en su memoria, hasta que finalmente habló.
—Ah, claro que eres tú. Te recuerdo perfectamente. ¿Fue en el último concurso de diseño, verdad?
Al escuchar que su ídola la recordaba, Julia no pudo evitar que una enorme sonrisa se dibujara en su rostro.
—¡Sí, maestra Patricia! No puedo creer que aún me tenga presente.
Patricia sonrió con calidez.
—Vi tus bocetos en aquel entonces y me dejaron una profunda impresión. Eres una joven con un talento muy especial.
La repasó con la mirada de arriba a abajo.
—Y veo que no solo tienes manos mágicas, sino que también eres preciosa.
Julia, sintiéndose un poco tímida por tantos halagos, bajó la mirada con una sonrisa.
—Es usted muy amable, aún me queda muchísimo por aprender.
La mirada de Patricia osciló entre ella y Rafael.
—Y ustedes dos... ¿Se conocen?
Temiendo que Patricia pensara que se había acercado al doctor con segundas intenciones, Julia se apresuró a explicar.
—Maestra Patricia, el doctor Rafael y yo nos conocimos hace un par de días, pero apenas me entero de que es su hijo.
Patricia dejó escapar una risa suave y palmeó con cariño el hombro de Julia.
—No te pongas nerviosa, Julita. Solo preguntaba por curiosidad.
«Julita...»
Se preguntaba cuál era el verdadero propósito de Sofía al ponerle un micrófono.
Estaba seguro de que el motivo no era tan simple como espiar a Julia.
Esa noche... había una subasta, reuniones de negocios. ¿Qué había allí que valiera la pena escuchar a escondidas?
Frotó la diminuta pieza, con el rostro ensombrecido por la sospecha.
«¿Acaso será...?»
Soltó un suspiro pesado y miró a Santiago.
—No haremos un escándalo por ahora. Fingiremos que no sabemos nada.
German dejó el broche del micrófono y se colocó un elegante alfiler de corbata con una gema en su lugar.
Quería ver hasta dónde planeaba llegar Sofía.
Le devolvió el micrófono a Santiago, y con una sola mirada, su amigo entendió el mensaje, respondiendo con un gesto de «todo en orden».
Apenas cruzaron la puerta y doblaron la esquina del pasillo, se encontraron de frente con Sofía Santana.
Ella lanzó una mirada fugaz y disimulada al cuello de German, antes de acercarse con una sonrisa.
—German, la subasta está a punto de empezar. Deberíamos bajar.
Fue un cruce de miradas apenas perceptible, pero German lo captó con absoluta claridad.

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